Ha llegado el gran día. El día de mi iniciación. Hoy pondré a prueba mis habilidades y me expondré al trabajo de verdad. Tras arduos entrenamientos para aprender a mantenerme inmóvil durante horas, soportar el frío y el calor sin queja alguna y conservar mi equilibrio en todo momento, hoy doy un paso adelante y pruebo mi valía como mesa.

Me lleno de valor y me dejo hacer, comienzan los preparativos para mi estreno.

Me desvisten con sumo cuidado, portadoras de un mimo infinito, entrenadas para tal fin. Sus cuerpos están hechos para dar y recibir placer. Primero me rocían con una fina lluvia de un producto antiséptico, necesario para cumplir el protocolo de higiene requerido. Después me sumergen en un balde de metal. Sus suaves y delicadas manos me recorren de arriba abajo, mojándome con tibias aguas perfumadas en las que flotan a su antojo pétalos de shibazakura (flor de musgo), fuji (crisantemo japonés) y sakura (cerezo). Me otorgarán el perfume justo para no interferir con los olores propios de los manjares que serán servidos. Me frotan con paños calientes hasta sacarme todo el brillo que soy capaz de ofrecer al mundo.

Una vez seca, colocan sobre mí las algas conformando un bello mosaico de líneas y colores. Una wakame resbala revoltosa y puja por llegar al suelo, pero una de las mujeres la caza al vuelo con un movimiento de muñeca inaudible y la fija en su lugar con un estilo y una destreza admirables. Me regocijo en silencio por mis formas, voluptuosas y delicadas. Gracias a ellas he llegado hasta aquí. Sólo unas pocas mesas encajan en las medidas y estándares rigurosamente estipulados, y yo soy una de ellas. Soy una mesa privilegiada.

Decorada en un lecho de seda roja muestro mi mejor sonrisa. La armonía en la elaboración de mi traje de algas y flores exóticas resulta perfecta, fundamental para el enamoramiento a primera vista, para agradar y entusiasmar a los futuros comensales. Los ropajes, escurridizos y soberbios, no me cubren por completo, mi desnudez será utilizada esta noche como reclamo para seducir a los invitados a una fiesta especial y selecta. Una vez finalizado el lecho de geometría ideal, depositan sobre mí largas y rizadas tiras de nabo, y después, los platos principales: oshi, chirasi, niguiri, uramaki, sashimi. El olor penetra directo a mis entrañas, y me hace estremecerme, casi imperceptiblemente. Ya se acerca el gran momento. Mi comportamiento a partir de ahora es crucial. Me relajo bajo el peso de las viandas y disminuyo el ritmo de mis pulsaciones. Como un mantra resuena mentalmente en secreto mi haiku favorito:

“Este camino

Ya nadie lo recorre

Salvo el crepúsculo”

Y entro en un estado de letargo y calma.

Me rodean luces tenues procedentes de velas de diferentes tonos y apariencias, creando la penumbra necesaria y provocadora que invita a perdernos en nuestros sentidos.

Cae cera sobre una esquina de mi contorno y quema, pero pronto se solidifica y queda anexionada. Nadie se percata y yo no puedo hacer nada por librarme de su aspecto pegajoso y del ligero prurito que me causa. Aunque me olvido con diligencia, puesto que más estímulos claman por mi atención.

Todo está preparado para la ceremonia. Sólo falta un pequeño e importante detalle. El beneplácito de la supervisora, que entra gélida e impertérrita trayendo el invierno consigo. Siento un amago de tiritona pero lo freno, me impone su figura y todo lo que representa, es una institución en este lugar y sé que puede tirar por la borda todo el esfuerzo acumulado con un simple meneo de una de sus cejas. Aguanto su escrutinio, no demuestro mis miedos. Y paso el examen. No ha encontrado fallos. Hemos ejecutado los preliminares con éxito. Hoy, en unos minutos, ahora, seré presentada en sociedad.

Llegan los invitados. Con decoro se aproximan a mí seis hombres de mediana edad, arreglados para la ocasión, curiosos. Algunos con miradas encendidas, otros vergonzosos que dirigen un fingido interés al suelo. Uno de ellos susurra un breve comentario al oído receptivo de su compañero.

La anfitriona les indica con un sutil ademán que tomen asiento y una vez que lo han hecho, reparte los relucientes palillos de bambú y marfil, que tintinean preparados en las manos de los hambrientos convidados. Con una jarrita de metal que contiene agua de mar riega con meticulosidad y elegancia el banquete. Hace una reverencia exquisita y se aleja en las sombras. El ritual da comienzo con un gong. Por un instante todos parecen petrificados. Y lentamente, despierta su apetito. No se abalanzan sobre mí como creí que ocurriría, se toman su tiempo, disfrutan cada paso, se muerden los labios con disimulo, cierran los ojos al paladear el pescado crudo. El contacto de los palillos me hace cosquillas, es delicado y pulcro.

El pez mantequilla es la especialidad de la casa, y he de reconocer que por un momento me roba un poco de protagonismo. Su delicioso sabor se deshace como mantequilla dulce. Retumba en su interior el Umami, tan sabroso que estalla en su paladar, no es casualidad que le llamen el cielo de la boca. No pueden parar de salivar y mover sus mandíbulas de un lado a otro, recreándose en la explosión de matices que empapa sus lenguas y se desborda por sus comisuras.

Cuanto más yantan y degustan, más queda expuesto de mí, y eso les pone cachondos, sin duda soy una pieza única y además, nueva para ellos. Me gusta que me observen con detenimiento, con codicia, con deseo. Puedo sentir el sabor exquisito de cada bocado en mí, pero no me está permitido comer con ellos. Me recorren electrizantes sus comentarios, pensamientos y emociones. Me siento honrada porque mi exuberante y salvaje belleza está contribuyendo para que estas personas vivan una experiencia que no olvidarán jamás.

A medida que el sake va haciendo su efecto, sus rostros se pintan de carmín, y gruesas gotas de sudor empapan sus frentes. Sus manos en un principio diestras, ahora zozobran, y ya no se muestran tan respetuosos, gentiles y comedidos. Se dejan llevar, por este sueño materializado que evoca sus más primarios instintos; por una vez apasionados, por una vez animales, por una vez vivos.

Gotea el licor en mi tez y con un dedo que queda apoyado deliberadamente más tiempo del necesario uno de los animales retira una gota de las muchas que se han deslizado por mis curvas, dejando una impronta en mis sentidos, que se diluyen como el alcohol en sus venas al ritmo de la velada.

Les hace gracia cómo el líquido cae sobre mi piel de mármol, cómo se funde su densa y viscosa textura con mi pulida superficie. Les excita, sutilmente inclinan sus cabezas, olfateando como cazadores tras su presa, y de súbito comienzan a lamerme, yo doy un minúsculo respingo que no puedo controlar; el cometido de una buena mesa es permanecer quieta y en silencio, pero no fui advertida de este tipo de actividades, ni siquiera sé si están permitidas. La noción de que posiblemente esté participando en un acto prohibido hace que mis patas se estremezcan y peligre la estabilidad de los elementos que sostengo sobre la base de mi cuerpo veteado. Un cosquilleo eléctrico me recorre de pies a cabeza. Vibra la hendidura que labró en mí mi creador, la que define mis más oscuras y luminosas pulsiones.

De repente llega una de las camareras y el placer se corta abruptamente, su rostro consternado muestra su desacuerdo, aparta con un gesto sutil sus cabezas y limpia los restos del sake, alejándose una vez finalizada la tarea sin apenas rozar el suelo, como una elfa suspendida en el aire, tan atractiva y grácil que parece hecha de viento. Los comensales quedan unos segundos paralizados y desilusionados, pero poco permanece el espejismo de sosiego y quietud, rápidamente cruzan miradas de picardía entre ellos y estallan en carcajadas audibles en todo el recinto. De nuevo la camarera se acerca, más enérgica esta vez, pero guardando la compostura mostrando una sonrisa forzada, deliciosa y ensayada a un mismo tiempo. Se lleva un dedo a los labios y ordena bajar la voz. Las risotadas perduran aún unos instantes, amortiguado su sonido bajo cuellos de camisa y servilletas dobladas, hasta que se extinguen en el silencio de la sala, solamente quebrado por las agradables notas musicales que hace de telón de fondo y caldean el ambiente con su sensual canto.

Yo he permanecido expectante y tiesa, hoy es mi día de prueba y aun no estoy segura de cómo debo reaccionar ante este tipo de provocaciones. ¿Continúo interpretando mi papel, me indigno, me uno al juego? De momento he optado por mantener la calma y reprimir mis emociones enardecidas por el contacto, siguiendo las reglas como una buena mesa… pero que se anden con ojo conmigo, ya que no soy una mesa cualquiera. Nyotaimori me llaman. Y soy el arte de comer sobre el cuerpo desnudo de una diosa japonesa.