Paseo sin rumbo fijo por las calles del centro sumido en pensamientos que se cruzan a un ritmo vertiginoso. Me siento solo, solo y perdido entre una plasta uniforme de personas. Será cuestión de distraerse con algo, me digo, y me dispongo a centrarme. ¿Dónde estoy? Veamos…Calle del Carmen.

Me dejo llevar por el “banco de personas” del que formo parte hasta que un escaparate a mi izquierda capta mi atención. Televisores encendidos con variedad de tamaños y formas me atrapan durante un periodo indefinido y me sumen en un indescriptible estado de trance.

Cuando vuelvo en mí, estoy dentro de la tienda paseándome con las manos entrelazadas a la espalda y me descubro realizando gestos valorativos y asintiendo y negando con la cabeza. En plan cliente profesional, como evaluando cada producto.

¡Ya está bien! Me salta un resorte. ¿Dónde están los modelos de hace cinco años? Tras una breve inspección constato que ningún modelo de los disponibles es anterior a 2015. Me estoy volviendo a deprimir…

Me llamo Daniel López, tengo cincuenta y dos años y desde hace dos me encuentro en “búsqueda activa de empleo”. El mes pasado se me acabó el paro y ya no sé qué hacer.

Todo empezó hace dos años. Bueno, algo antes. Recuerdo que era una fría mañana del mes de Enero, el primer viernes después de las vacaciones de Navidad. Al llegar a mi mesa me encontré un post-it amarillo con la letra inconfundible de mi jefe pegado a mi ordenador: ”Nos vemos a la una en mi despacho. Es urgente. Jorge”.

Un sudor frío me recorrió desde el cuello a la columna. Algo no iba bien.

Los últimos tiempos en la empresa estaban resultando angustiantes para todos tras la fusión con Evil Corp. El viernes, antaño el mejor día de la semana, se había tornado en una fecha maldita. Por una cruel razón que aún no logro comprender, cada viernes ocurría algo y pocas veces bueno.

Al comienzo llegaron una serie de comunicaciones y mensajes transmitidos desde La Dirección. A veces de forma directa a través de mails masivos, otras por medio de los managers y jefes de área en reuniones:

 

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“Como sabéis, hemos entrado en un proceso de transformación…”

“La nueva fusión va a requerir una serie de sacrificios por parte de todos en aras de garantizar el futuro de la compañía…”

“El objetivo es flexibilizar nuestros procesos y evolucionar hacia una perspectiva del ‘back to basis’…”

“Se trata de renovarse o morir…”

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En aquellos tiempos me sonó a la misma cantinela de otras veces. Palabras huecas, anglicismos como puestos a pegote y cháchara que, en definitiva, no llevaría a ningún sitio.

Tú muestra una actitud positiva y sigue a lo tuyo. Mientras cumplas no pasa nada. Treinta años aquí es suficiente garantía. Me repetía a modo de “mantra” una y otra vez.

“Los hombres de negro”

Empezamos a inquietarnos algo más con la llegada de “los hombres de negro”. En realidad eran chavales de poco más de veinte años y portadores de una sonrisa perpetua, se paseaban por la empresa como Pedro por su casa.

Al principio observaban discretamente. Yo me ponía mis cascos y me concentraba en mi trabajo tratando de ignorarles. Esto funcionó un tiempo, hasta que empezaron a inmiscuirse de verdad.

Un día, uno de esos mojigatos se acercó a mi mesa y me preguntó como si tal cosa:

─Hola, Daniel. ¿Cómo estás? ¿Te importa si te observo en tu día a día? Nos han pedido desde la Dirección que estudiemos los procesos de trabajo de los empleados para identificar gaps, development áreas, best practices…You know? No te molestaré mucho.

No le entendía demasiado bien debido a su excelente acento y fluidez con el inglés y, además, su sugerencia me incomodaba, pero no quise quedar como un obstáculo al progreso”. Al fin y al cabo, llevaba treinta años en la compañía y siempre había sabido mantener una imagen de compromiso total y de acatamiento de las normas. Siempre llegaba de los primeros, cumplía con mi labor y me iba a mi hora. A veces incluso me quedaba más si era necesario. ¿Qué más se podía exigir de mí?

Pasado un tiempo “los hombres de negro” se fueron y empezaron a llegar nuevas comunicaciones:

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“Éstas serán a partir de ahora las reglas de vestimenta…”

“Atención, con el objetivo de adecuarnos con garantías de éxito a los mercados internacionales se decretan los nuevos horarios para las comidas…”

“Debido al proceso de cambio en el que nos hayamos envueltos, se ha definido un nuevo modelo de relación con los clientes que afectará…” 

“Os presentamos la nueva estructura organizativa que resulta más horizontal, líquida y dinámica con el foco puesto en flexibilizar…”

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Después de la tempestad viene… el “calabobos”

El primer viernes negro se llevó a quince compañeros y compañeras. Nunca olvidaré la escena de varios de ellos sujetando cajas llenas de sus pertenencias, vaciando sus mesas y despidiéndose.

Lo peor era ver sus caras, reflejo de emociones contenidas por algunos, desbordadas por otros. Tristeza, pánico, angustia, ira, pesadumbre y sobretodo dolor, mucho dolor, se mezclaban generando un clima terrible, un tsunami inclemente que iba dejando cadáveres a su paso. Y ese momento no fue el peor.

Lo que peor llevábamos era la tensa espera, esa “calma chicha” que los marineros saben identificar como el preludio de una tempestad.

Esta sensación empezaba el lunes y entonces se activaba la cuenta atrás. Tic Tac, Tic Tac, Tic Tac. Martes, miércoles, jueves…Se iba acercando la fecha fatídica de manera inexorable. Llegaba el viernes y te podía tocar a ti.

Nos apoyábamos entre nosotros, lo hablábamos con nuestras familias y amistades y construíamos discursos positivos, constructivos y reconfortantes para engañar y engañarnos. Los dábamos y los recibíamos, pero en el fondo todos sabíamos que era un numerito. En lo más profundo de nuestro ser sentíamos: “mejor si me salvo yo que tú”.

 En realidad no hubo tal tempestad exceptuando la de la primera vez. En lo sucesivo se transformó en un suave y letal “calabobos”. Cada viernes caían unos pocos compañeros en un goteo ligero goteo pero constante, como si obedeciese a una estrategia de limpieza que hubiera sido cuidadosamente planificada. Por qué no pensarlo. Programada.

Tras varias semanas en un creciente estado de desasosiego, el ritmo de despidos se detuvo de súbito. No hubo más en el mes de diciembre. Al principio no me confié, pero llegaron las navidades y empecé a sentir que lo peor había pasado. Claro, yo soy imprescindible, treinta años aquí…

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¡No quiero recordarlo más! ¿Dónde están las teles de hace cinco años? ¿Por qué me venden televisiones tan grandes, tan inteligentes y tan planas que luego se joden enseguida? ¿Por qué la gente las compra? Son tan tecnológicas, tan complicadas con sus miles de botoncitos y con sus múltiples opciones. ¿Dónde están esas teles con veinte años a cuestas que heredábamos de nuestros padres y seguían “yendo como un tiro” veinte años más? ¿Qué le pasa a la gente?

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“Daniel, te he llamado para agradecerte tu labor todos estos años. Tu compromiso con la compañía ha sido ejemplar…”

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─¿Desea algo, caballero?

─Ehh…

Un hombrecillo menudo, más o menos de mi edad me mira aguardando pacientemente una respuesta.

─Verá, estoy viendo todas éstas televisiones y las veo en general muy complicadas. Son muy modernas y tal, pero no me inspiran confianza. ¿No tendrán por casualidad algún modelo más antiguo en el almacén?

Mientras hablaba, el dependiente negaba con la cabeza.

─Lo lamento caballero. Todos los modelos que tenemos son de 2015 en adelante. El resto está descatalogado y obsoleto. Ya no se produce.

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“Lamento decirte que tenemos que prescindir de tus servicios. El crecimiento de la compañía nos ha obligado a desamortizar algunos puestos de trabajo que han quedado obsoletos al estar ahora duplicados. Esto ocurre en tu caso. Además, la renovación de tu posición requiere de una inmersión profunda en los entornos 2.0 que implicaría una inversión que…”

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Interiormente me empieza a invadir un estado de ira creciente que me cuesta controlar. Siento un hormigueo en todo el cuerpo y noto como la tensión que recorre. Cierro los puños e imagino que de mis ojos el fulgor del fuego. Veo en la cara del empleado un gesto de temor y su retroceso confirma mi idea.

La ira da el paso a una furia incontrolada que se apodera totalmente de mi. Agarro la televisión que tengo a mi lado y la empujo hacia atrás con fuerza , estallando la pantalla contra el suelo. Solo puedo pensar en destruir.

Sin pensarlo me dirijo corriendo hacia una zona con varios televisores expuestos en hilera en una estantería y cargo contra ellos con todas mis fuerza. La caída en cadena me llena de alegría.

¡Que se jodan! Grito mientras dos muchachos me reducen agarrándome por los por los brazos. Ésta es mi triste venganza. Porque…