Silencio en la habitación. Cada vez que entro en ella siento un escalofrío. Estoy agotada tras este duro día de invierno, y en lo único que soy capaz de pensar ahora mismo es en quitarme esta ropa mojada y darme una ducha de agua caliente. Me desvisto con manos trémulas y descuidadas. Algún botón de la camisa arrugada se me resiste, mecánicamente muevo mis dedos húmedos hasta que consigo desabrocharlo. Las medias se han adherido a mi cuerpo como una segunda piel, excesivamente íntimas, excesivamente apretadas. Agradezco llevarlas en mis piernas y no en mi cuello, pues sin duda de ser así hace tiempo que me habría desvanecido asfixiada. Tiro de ellas con ahínco, se rasgan bajo la presión ejercida, la carrera alcanza en un abrir y cerrar de ojos mi tobillo. Las observo con desdén. Y descargo mi rabia con esta prenda fina y absurda, “una vez inutilizables qué más da que las rompa a pedazos”, me digo. Y sin embargo ahora que deseo desgarrarlas a propósito, el tejido se mantiene firme y desafiante entre mis manos. Me desinflo. Me dejo caer en el sillón mientras exhalo un suspiro frustrado. Libero mis pies de su cobertura, mis pechos, mi sexo. Mi piel pálida queda expuesta a la luz tenue de mi dormitorio. Y a su silencio. Me levanto y me dirijo hacia el baño. Y entonces las veo. Paro en seco mi caminar y permanezco un segundo plantada en el suelo como una estatua griega, lívida y desvaída, etérea y distinguida. Yacen sobre la cama, coloridas, deseables, esponjosas. Se diría que me estaban esperando. Automáticamente me cubro con los brazos las zonas que mayor pudor me da mostrar, y un segundo después los dejo caer a los lados y suelto una carcajada. Qué absurdo ocultarme de la mirada de unas simples sábanas. Pero no parecen simples. Y por un instante, sentí que clavaban sus pupilas en mi tez.

Me acerco sigilosa y las toco con premura. Mmm qué suavidad más agradable. Cojo una esquina y desdoblándolas parcialmente me la llevo a la altura de mi nariz. Hundo mis ollares en su tela, el olor que desprenden me embriaga. Siento el ansia de envolverme en sus brazos, pero pienso que antes debería ducharme, para que el primer encuentro sea más placentero, más puro, más limpio. Estrenar es un acto que para ser completo requiere una preparación y una consciencia previa para disfrutar al máximo lo que vendrá después. Vuelvo a colocarlas en su posición original con delicadeza. Las miro de reojo antes de cruzar la puerta del baño, como diciéndoles que me esperen, que en unos minutos me reuniré con ellas. Diligentemente me meto bajo la ducha y me desprendo del frío acumulado del cual me había olvidado ante el inesperado hallazgo. No puedo discernir de dónde han venido ni cómo llegaron hasta mi cama. No recuerdo haberlas comprado ni mucho menos haberlas colocado allí. Y sin embargo, una sensación de pertenencia me une a esas sábanas misteriosas. Una duda me asalta: ¿y si me lo he imaginado? ¿Y si no existen? Termino de enjabonarme con premura, me aclaro y me enrollo en la toalla. Salgo excitada y dando un traspiés. Alzo la vista. Respiro. Allí están. Me sonríen. Les devuelvo la sonrisa. Son de verdad.

Termino de secarme y saco un camisón limpio de la cómoda. Me lo pongo. Me perfumo, una descarga detrás de cada oreja y otra en el pecho, en un gesto repetido una y mil veces, pero que hoy, ahora, cargo de intención. De presencia. Pongo música soft. Una balada que relaja mis músculos y me adormece. Y comienzo el ritual de hacer la cama, vestirla de nuevo, estirar sus pliegues hasta dejarla perfecta. Qué maravilla. Admiro mi obra, que belleza y que pulcritud. Echo una manta por encima. Y contemplo ese nido acogedor y apetecible. No tengo hambre, hoy me saltaré la cena, pero mi garganta está seca y ardiente, necesito una copa de vino tinto para alegrarme el alma. Voy a la cocina y me la sirvo. Entro de puntillas en la habitación. La música sigue sonando. La luz está apagada y el resplandor de la luna creciente se cuela por la ventana, iluminando el lecho de una forma deliciosa, casi mágica. Mi mirada se pasea por la superficie de las suaves y primorosas sábanas y justo en el momento en el que se me corta la respiración escucho un susurro cálido en mi oído. Me quedo paralizada. Hay algo bajo ellas… ¿podría ser un cojín? ¿O dos? El bulto se mueve y se expande. Respira. ¿Estoy delirando? Me giro y pulso el interruptor de la luz. Bajo la claridad, veo la forma agazapada tras las sábanas. Es la silueta de un hombre. Inmóvil. Mudo. Inanimado. Se abre mi apetito. No de comida, sino de compañía. Ahora me doy cuenta de lo sola que he estado. Del porqué del silencio de mi habitación y de mis temblores. No tengo miedo. Sólo gula. Sólo la necesidad de sentirme acariciada por estas deliciosas sábanas… Me muerdo el labio inferior con lujuria. Destapo aquel contorno hechizado. Y allí está.