La vejiga le venía oprimiendo sin piedad desde la M-30. Ya no podía aguantar más. Divisó un hueco para aparcar frente al bar del “manchuelo”, 20. 12 h. El bar tenía el cierre medio levantado.

Pedro Duermes se introdujo como una sabandija por el hueco y le indicó brevemente al camarero su propósito de urgencia: descender rápidamente al mingitorio.

Recuperó poco a poco la respiración con la mirada perdida en las alturas: la cisterna y él expulsaban a borbotones, al mismo tiempo, en una catarata sin fin… Pensó en cuan lejos llegaría todo aquello.

Al subir desde el sótano tenía una cerveza preparada.

  • ¿Y esas prisas?

  • Joder. La próstata. ¿Tú te haces la revisión anual?

  • ¿Para que´? ¡No me jodas!

  • ¡Coño el coche! 20.17 h.

Estacionamiento regulado. Multa en el parabrisas.

  • ¡Cagonlaputa!, pero si… exclamó en voz alta

  • Vaya Vd. al cajero, comentó una transeúnte que daba el paseo vespertino al chucho.

Pedro Duermes se encaminó furioso hacia la máquina expendedora una vez localizada. En la cola le explicaron el procedimiento, donde comprobó con estupor y fastidio que no podía anular la multa porque era DENUNCIA NO ANULABLE. 20. 25 h.

El bar, ya levantado totalmente su cierre, se encontraba concurrido de parroquianos, donde la noticia de la multa fue recibida con una mezcla de asentimiento, solidaridad difusa y resentimiento generalizado contra la autoridad opresora.

  • Pues prueba a ver si encuentras a la “controladora” y te la quita, dijo uno. Aunque ahora todo está informatizado y ya estará viajando por las redes…

  • ¿Una “piraña”? Añadió Duermes.

  • Una “panchita”, dijo un tipo, al que apenas se entreveía, al final de la barra, en ese rincón que suelen ocupar los bebedores solitarios que no tienen muchas ganas de conversación.

  • Estará dando una vuelta a la manzana etiquetando coches, dijo con sorna Jose “el manchuelo”.

  • ¡Está bien!, gritó más bien Duermes, apurando el último trago de cerveza. 20. 30 h.

¿Fue ese último trago el que precipitó todo? Pedro Duermes lo recordaría posteriormente con exactitud milimétrica.

La búsqueda a través de una, dos manzanas, resultó inútil. Ni rastro de la “panchita”, así resonaba ya en el cerebro de Duermes. En el rastreo, los viandantes le iban informando de la presencia fugaz, “hace rato”, de la “piraña”. Se había evaporado. Deslizado por las cloacas, pensó Duermes.

Sudoroso y ya de vuelta al bar, el “manchuelo” le tenía preparada una nueva copa, que espumó.

20.50 h.

  • Toma unos torreznos, especialidad del lugar, que te veo sulfuroso.

  • Y unas pipas.

  • ¿De calabaza? ¡Son buenas para la próstata!, respondió irónico el “manchuelo”.

La parroquia apenas había variado. Las conversaciones particulares se reunieron en el asunto central de la multa y en las agresiones que sufren los individuos por parte de las instituciones, con ejemplos varios aportados por los asistentes.

Una vez saciada la sed e ingeridos los torreznos, muchas pipas, algunas de calabaza, que le cabrearon más porque no se pelan bien, Duermes se encontró servida otra gran copa de cerveza.

  • De parte de ese señor, el del fondo, le espetó “el manchuelo”.

  • Gracias. Y encima se ha pirado antes de su hora dejándome a mí el último regalito…

  • Me llamo Onésimo ¿Vd. quiere que desaparezca? Tengo aquí un teléfono que le puede resolver sus problemas.

Llamó tras el asentimiento de Duermes.

  • Necesito los datos de la denuncia y el número de la controladora.

  • Ya está, dijo después de intercambiar algunas frases con alguien al otro lado del teléfono.

  • ¿Así de simple?

  • Sí. Nuestros hackers se encargan de todo.

  • Gracias. 21.00 h.

Evalinda se desprendió del uniforme, que le repugnaba, y se fue para casa recordando su última acción: la multa al españolito chulo que aparcó sin el ticket. Eso compensaba la media hora larga que se había tomado por la cara. El jefe vería su estricto cumplimiento y por fin la trasladaría de aquel enojoso barrio.

Decidió tomarse con calma las numerosas escaleras mecánicas de los dos transbordos hasta el “Intercambiador” de autobús, que la llevaría adormecida tras 1 hora de camino, a la ciudad dormitorio del extrarradio. Pensó en el recorrido diario y en los escalones que significaban las escaleras mecánicas: comenzó a contarlos, pero al cabo de un rato desistió.

En las últimas escaleras que ascienden desde el profundo sótano metropolitano hasta el intercambiador se produjo un brusco parón. Sonaron los chirriantes altavoces: ¡ATENCIÓN! SEÑORES VIAJEROS, DEBIDO A UN FALLO INFORMÁTICO, EL SERVICIO DE ESCALERAS MECÁNICAS QUEDA INTERRUMPIDO. 21.00 h.

Pedro Duermes se fue para casa desasosegado por los recientes acontecimientos, pero esperanzado por la desaparición de la multa que le había prometido aquel individuo oscuro del bar.

Evalinda se levantó como siempre y recordó que era día de pago y tenía que enviar dinero a su familia andina. Fue al cajero más próximo a realizar las operaciones y la pantalla anunció que quedaba fuera de servicio, quedando engullida la tarjeta. En la sucursal le dijeron que no había problema, que con pasaporte y cuenta propia le darían el dinero, la tarjeta le sería entregada en un plazo breve.

La sorpresa vino a continuación:

  • No me aparece Vd. con ese número de pasaporte, ni su cuenta bancaria.

  • ¡Pero si vengo aquí cada mes a hacer lo mismo! Vd. me conoce.

  • Sí, será un fallo informático. Comprobaré con “la central”.

Tras un largo rato de indagaciones, el operario le comentó que no podía hacer nada. Le comunicaban desde “la central” que nada se podía hacer sin la documentación correcta, nada. Es más, ni existía, ni parece que hubiera existido nunca para la entidad. Le recomendó que fuera al sitio oficial correspondiente a arreglar su documentación.

Evalinda, confusa y palpitándole el pecho, se dirigió a la Oficina de Extranjería. Esta vez no hizo caso de las escaleras mecánicas, que subió y bajó presurosa, aceleradamente.

  • Lo siento señora, pero no aparece Vd. en nuestros ficheros, ni su pasaporte. Debe de ir a su embajada o consulado a solucionar el problema previamente.

  • En efecto. Aquí aparece el nombre que Vd. me dice, y en la tarjeta de residencia, su domicilio. Pero ¿es ese? ¿es Vd. quien dice ser?

  • Pues claro. Pero si… exclamó sollozando… Además a esta hora ya estará cerrada la embajada, susurró compungida.

Decidió volver a casa. Esta vez se dejó llevar por las escaleras mecánicas, fijándose abstraídamente en los rostros de los viajeros que iban en sentido contrario, y cuyos semblantes parecían desdibujados o le hacían muecas grotescas.

Al llegar al portal se encontró con la “brigada de extranjería”, que le pidió la documentación.

  • Acompáñenos, fue toda su respuesta ante las súplicas de Evalinda.

  • ¿Pero a dónde me llevan?

  • No te me pongas farruca, panchita. Advirtió uno de los agentes.

De camino al aeropuerto le comunicaron que iba a ser deportada, que allí se podría poner en contacto con las autoridades de su país para organizar el traslado.

  • Pero si yo llevo cinco años en España trabajando y nunca ha habido ningún problema. No sé por qué me hacen esto…

  • Lo único que sabemos es que Vd. está indocumentada y que ha entrado ilegalmente en el país.

Pedro Duermes no se lo podía creer cuando recibió de forma oficial la comunicación de pago de la dichosa multa. En el bar le dijeron que el oscuro tipo se solía acercar los miércoles al atardecer.

  • Oiga, le espetó Duermes, que me dijo que la multa desparecería. Y aquí la tengo. Se la mostró.

  • Y a mí ¿qué me cuenta? Vd. quería que desapareciera la panchita ¿no?

  • Nooo. Lo que yo quería era quitar la multa. ¿Qué ha, qué han hecho’ ¿Quiénes son Vds.?

  • Mire nosotros servimos a España y ayudamos a los españoles. ¿Es que no le gusta? ¡Déjeme en paz! ¡Olvídenos!

Ya en la ciudad andina, Evalinda buscó trabajo infructuosamente hasta que la llamaron del Consorcio de Transportes.

  • Tenemos para Vd. un empleo de controladora de tráfico. Ya sabe, comprobar los tickets de aparcamiento.

Evalinda estalló en llanto, quejidos y lamentos.

  • Pero ¿qué pasa? ¿no le gusta?

  • Nada, nada… es que me acuerdo de mi madre, repuso enjugándose las lágrimas.

Aquella noche Evalinda no durmió bien. Pedro Duermes tampoco pudo conciliar el sueño pensando en el posible destino que habría tenido la “piraña” panchita.