(…) Tenía el arco de las cejas bien dibujado, sin llegar a empalagoso, la frente chiquita, igual que la boca, el óvalo perfecto pero humano, nada almibarado y dos escarabajos negrísimos y brillantes en los ojos. Era preciosa.

Una historia de “El Coronel Sinatra”.

Jesús, en su añoranza, sigue intentando averiguar si el mundo es una farsa, sólo eso, cuando hace aflorar la realidad en sus accesos de pánico. ¿Qué fue entonces la vida junto a sus dos viejos amigos José Luis y Elisa en aquella bancada de cariño? Tampoco el tiempo transcurrido desde sus muertes le ha servido para reconocer las vivencias de antaño, ya que el fondo de nocturnas pesadillas sólo sirve para envolver aún más la vaga novedad presente.

Las cosas parece como si quisieran protegerse, estar siempre envueltas de ese aire que niega cualquier alteración, expresando, con su poderoso silencio, la voluntad de recuperar su vetusto protagonismo. Algo así le sucede a Jesús con el retrato de la antigua dama que no todos los días ve, ni menos mira y que, sin embargo, ocupa un lugar predilecto en esa voluntad del recuerdo pese a su “impostora” presencia encuadrada en el ancestral familiar. Más, la convocatoria a una firme promesa habrá de superar con creces su situación preferente, al lado del gran espejo, en el principal mural del hall de su casa.

Su amigo y vecino José Luis, quince años mayor que él, solía telefonearle con frecuencia en reclamo de visita.

¿Qué hay, muchacho? ¿Por qué no te vienes aquí con Carmen y organizamos una cena? Va a venir también la “pequeñaja”…

Reclamo de aceptación, junto a esta casi paternal y dulce invitación, era sin duda la anunciada venida de Elisa, la “pequeñaja”, como él cariñosamente la llamaba, la compañera sentimental de sus últimos veinte años y que conociera mucho tiempo atrás. Y junto al toque de esta amable intervención, siempre firme el deseo de reunión de los cuatro amigos: José Luis y Elisa, Jesús y su mujer, Carmen, unidos en la intimidad hogareña del más profundo cariño, en esa admirable holgura y comodidad que logran los años de convivencia en afinidad de gustos y pareceres y que había adquirido ya el detalle de la más ajustada precisión matemática y real.

Cuando José Luis y poco después Elisa habían cumplido los ochenta años, las reuniones tenían lugar casi a diario. Así sería hasta que José Luis ingresara en el hospital. Fue en la misma mañana de su ingreso cuando Carmen y Jesús, en un soplo, acudieron a la vecina casa, muy preocupados ante la apremiante llamada telefónica de Elisa que, en su visita diaria, había encontrado a José Luis en lastimoso estado. Conforme ésta les explicó, tuvo que abrir con su propia llave la puerta de la casa al no recibir respuesta a sus insistentes llamadas.

El enfermo presentaba unos síntomas realmente penosos. Perdida el habla, su mente vagaba incierta aunque en interrogadora mirada hacia sus amigos, incapaz de expresar el menor deseo. Cubierta al instante la decisión de una más que urgente hospitalización, sólo faltaba saber dónde podría ser ingresado, dado que José Luis no pertenecía a sociedad médica alguna y tampoco se podía, en su estado, disponer de su dinero, que acaso no hubiera llegado tampoco a cubrir las exigencias de una clínica privada, cábala de cualquier modo inalcanzable también para el resto. Fue casi en el crepúsculo desesperado del enigma cuando a Jesús se le ocurrió la tentativa de petición de ingreso en un hospital militar, más factible a sus posibilidades económicas y en base también, para su admisión, la condición jerárquica de Jesús como coronel y de sus amistades dentro del Ejército. Esta gestión tuvo éxito, pero aún se darían más fallos en el porvenir previsorio del querido amigo José Luis.

Es muy posible que a éste le hubiese gustado pedir perdón, no en pocas palabras, sino en un largo discurso antes de abandonar este mundo y dejar también abandonados a sus más caros y afligidos amigos. ¿Sería esto acaso el brusco descubrimiento de que debería existir un nivel capaz de calibrar la complejidad de la existencia, en su calamitosa brevedad, que dirimiera a tiempo los conflictos, con todo su aparato de sueños, proyectos, creencias, palabras y ansiedades?

Nada ha escapado años después a las profundas meditaciones que en ocasiones acuden a la mente de Jesús en chusca y atormentadora imagen, en claro ejemplo de esa desbandada que sigue a las derrotas, como no escapara en aquel entonces considerar como tal a la relación inmemorial que había estallado en la misma cama del hospital, desde la primera mirada del enfermo, tan cierta como secretamente producida para ellos, en íntimos y repetidos apartados, en los que serían los últimos días de su vida. Supieron así los tres que José Luis se sentía claramente culpable de no haber ajustado bien sus últimas voluntades al haber quedado flecos de rechazo para la “pequeñaja” y no ya sólo con respecto a la disposición de su dinero, sino también en la ausencia de legitimidad notarial del testamento ológrafo para el “pisito” que siempre quiso dejarle. Sus ojos pedían el privilegio de la compasión, en un silencio de infinito reproche por su ya inaccesible mediación y que sólo los besos de su amada podían mitigar.

Casi nunca se había hablado entonces de estas cosas tan puramente materiales durante las largas y alegres veladas de los cuatro amigos. Sí, en cambio, y con prolija extensión, de libros y autores, de actores de teatro y cine, de pintura y de música, en toda la artística gama de sus muy parecidas o idénticas preferencias. No sin pequeñas, aunque sabrosas discusiones, habían estado desgranando durante varios años, todo un rosario de épocas y políticas, en aspiraciones contradictorias muchas veces, derivadas de las múltiples y fervientes creencias de nuestro variopinto pueblo. Visiones completas de existencias íntimamente ligadas desde el entronque de la Guerra Civil, uno de los temas favoritos dadas las vicisitudes que en este lapso sufrieron. Puntos de vista muy parejos en ocasiones, pese al vuelo diferencial de aquellos quince años en el cielo de sus vidas. Y, en el traspunte de sus propios relatos, las múltiples peripecias vividas, aterradoras muchas veces, fantásticas casi siempre a los doblajes de la más encendida fantasía, superando los reales efectos en el íntimo empuje de sus propios corajes.

Por lo que respecta al apenas si tocado tema tabú de este relato, tan sólo el apunte de que Carmen y Jesús supieron un día de aquél documento, ante ellos leído por el propio José Luis y que mucho antes conociera Elisa. Dicho documento expresaba que éste dejaría su piso como herencia, así como cuantas cosas le pertenecían a esa compañera sentimental y ángel protector suyo en los tiempos más duros y penosos y que siempre se comportaría a vanguardia de sus más complejos deseos. Sin embargo, nada comentaría José Luis del preciso trámite notarial de este documento, pendiente de resolución por él mismo y que, por delicadeza, en el fin de sus días, tampoco sus amigos se atrevieron a sugerir que lo hiciese efectivo, ni falta que hacía, al haber quedado expresados sus deseos en su postrera “legitimación” antes narrada.

¡Tremenda equivocación aquella!, la así nombrada delicadeza, que tanto abruma después ante el peso de los años, al no querer tocar a veces un efecto que sólo pudiera resultar molesto, pero que por contra puede acarrear desgraciadas consecuencias, como así ocurrió finalmente para Elisa, que no obtendría justicia en sus muy justas reinvindicaciones sobre el piso.

Sin embargo, dejando de momento a un lado estas materiales consideraciones y en vía a más lúcidos transportes, sí adquirió frase una promesa que, en vida del que desde ahora llamaremos “nuestro amigo”, sin duda debió satisfacerle. Todo ocurrió de repente en el transcurso de una aflictiva charla:

Era un día de diciembre, no mucho antes de que nuestro amigo ingresara en el hospital, pasado ya el día de Navidad. Todavía asomaban con fuerza las arbóreas luces de colores en las calles henchidas de fiesta. José Luis contemplaba las cosas de su salón. Sentado en el sofá, semicerrados los ojos, en la actitud meditativa de apretadas sienes y antes de romper el penoso silencio que, en juego de manos reclamaba a sus amigos, durante un rato pareció como si la existencia de todos los objetos que su vista recorría flotasen en inquieta vaguedad, como reclamando un orden de encaje que conjugara bien con la equis de sus destinos. Así, evidenció un tono de inequívoca angustia cuando llegó el momento de hablar. Fue en ese mismo instante cuando se le derrumbaría todo un baúl repleto de filosóficas reflexiones:

¡Mirad!-suspiró mis dos preciosos barcos, ¿verdad que son bonitos? Esos libros de náutica, los recortes de prensa sobre viajes tan pacientemente reunidos y la pipa, símbolo de mi pasión marinera, de ese viejo lobo de mar que fui…

Veréis prosiguió– Esa pipa ha pintado para mi los más sabrosos goces cuando aún podía fumar. El humo me envolvía en esos profundos pensamientos que acumula la mar que contemplamos desde el puente. A veces se presentaban como monstruos de tentaciones diabólicas en imágenes de mujeres rotas que conocí en los puertos; en otras, la laboriosa aflicción a que nos obliga una vida inútil como la mía, torturas de ternura ante perdidos e inalcanzables sentimientos, sobre todo lo que quise hacer y no pude…

Nada comentaron Carmen y Jesús, temerosos de interrumpir la inspiración de aquel explosivo torrente de palabras. Tampoco lo haría Elisa, dada en meditar qué habría querido decir su amado con aquello de “las mujeres rotas” que decía haber conocido en los puertos… Tampoco le importó demasiado, deseosa de que José Luis continuase.

Y ahí están la gramola y los discos. Cuando yo muera, quiero que te la quedes tú, Jesús, que tanto te gusta la música. Tengo discos de Lázaro, Lauri Volpi, Maria Lisson, Fleta, Basiola, Beniamino Gigli, y hasta alguno también hay del gran Enrico Caruso dijo henchido ahora de satisfecho orgullo.

Conmovido ante el futuro regalo, y no sin cierta energía, decidió Jesús abortar la corriente de suspiros que su amigo estaba generando a su alrededor:

Gracias, pero, ¡por favor, no sigas poniéndote tan melancólico!

Sin embargo, José Luis, que tanto había alcanzado ya en la cima de la realidad, prefirió castigar su atrevimiento y continuó en el mismo tono de complaciente tristeza:

¿Melancólico dices? No lo seré bastante si ahora veo el retrato de mi madre. ¿Qué será de él? Nadie lo querrá, como no sea si lo quita del marco alguien que lo encuentre en uno de esos contenedores de basura…

Todos siguieron la mirada de su amigo hacia el cuadro situado en la pared más cercana a la puerta del salón y lo estudiaron con atención. Estaba allí, tallado en su propia e íntima sustancia, con su marco trabajado en pan de oro. Jesús se afanó sin éxito en tratar de desentrañar el enigma que encerraba el brillo misterioso de aquellos ojos en la cargada atmósfera que emanaba del conjunto del cuadro. Era algo impalpable, como perdido en el tiempo y cuya respuesta se intuía en la mirada de aquella mujer del pasado. Tenía el arco de las cejas bien dibujado, sin llegar a empalagoso. La frente, chiquita, igual que la boca, un óvalo perfecto pero humano, nada almibarado y dos escarabajos negrísimos y brillantes en los ojos. Era preciosa.

De nuevo intervino Jesús, que ante el hechizo del silencio durante la contemplación de aquel retrato (pintado al óleo sin duda por algún desconocido artista) se le había encendido la mecha de la cólera en su interior, partícipe del sentimiento que embargaba a su amigo:

¡El retrato de tu madre no irá a parar a ningún contenedor, al menos si de Mari Carmen y de mi depende! Te aseguro que colocaremos ese cuadro en lugar preferente de nuestra casa, con la promesa de que así lo harán nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos…

No se hable más entonces– zanjó nuestro amigo, sinceramente conmovido ante las calurosas palabras de evidente cariño. Más, otra vez, cedería a la fascinación de alcanzar pleamar de nostalgia y dolor.

Las demás cosas no me importan tanto. Se que cambiarás, sin duda, Elisa, algunos muebles, que son, al fin y al cabo, tan vulgares como yo y…

Le interrumpieron. No habían querido que se embelesase más en su lúgubre erudición de aquella mal encaminada oratoria y cambiaron decididamente de rumbo en la conversación, entrando en un bucle de temáticas más agradables y placenteras para todos. Los cuatro recordarían aquella noche como un momento especial, quedando, en el fondo de la memoria de Carmen y Jesús, anclada una promesa.

Elisa fallecería un año después que José Luis sin conseguir el piso que la voluntad de su amado le dejara. Este fue a parar a manos de una de sus dos hijas, las mismas que jamás se preocuparan de él. Ambas ignoraron adrede su existencia durante años exceptuando cuando, al enterarse de su muerte, acudieron presurosas (al olor de la carne fresca) al registro de la propiedad para reclamar el inmueble de su padre.

Desde entonces, en olvido ya la farsa de este mundo y de los inalcanzables bienes materiales que a la postre nada significan, tanto a Carmen como a Jesús tan sólo les ha quedado dedicar a la pareja su oración cuando pasan delante de la vecina casa. Para esos dos amigos encienden el fuego del más apasionado recuerdo hacia aquellas veladas que se fueron para siempre, irreemplazables ahora ante el absurdo cambio de sus más vacías vidas.

En compensación, ¡quién sabe si nuestro amigo no les estará preparando un recibimiento apoteósico con orquesta de tenores y trompetas, centinela a la puerta de su celestial morada!

Y, en esa espera, ya apenas les importa la muy repetida pregunta:

Y dinos, Jesús, ¿quién es esa señora del retrato?

En Madrid, a 27 de diciembre de 1974.

FIN