Después de pasar la noche en un callejón (…) Empecé a caminar por la ciudad, sin ningún objetivo. Mientras andaba, tenía la sensación de poseer una parte del significado de las cosas. Por supuesto, era falso. Pero quedarse en aquel callejón tampoco servía de gran cosa.

CHARLES BUKOWSKI, Animales hasta en la sopa

 

Los sucesos del Ibis me hundieron en una profunda depresión. Mi única razón para seguir en el Reino Unido era mi incapacidad para pensar en una alternativa. ¿Volver a la universidad? No era una opción. ¿Emprender un nuevo viaje? No tenía fuerzas. El timón de mi propia vida pesaba demasiado –o mis brazos estaban demasiado débiles–, así que decidí tumbarme en la cubierta y dejar que las olas me arrastraran mar adentro. La idea de chocar contra algún pedazo de hielo no me parecía mucho peor que aquel estado de apatía. Al menos así tendría que saltar a coger un bote, y tal vez el movimiento y el frío de las aguas terminaran por aclararme las ideas.

En lugar de pedirme explicaciones por lo ocurrido, mi jefe de Blue Dragon me ofreció un puesto de kitchen porter en otro hotel. Me aseguró que en el Copthorne sí había cocineros, por lo menos cuatro o cinco. Acepté el trabajo ipso facto y me dirigí hacia los almacenes Halfords para ver si por fin me habían arreglado la bici. Mi estado de ánimo era tan lúgubre que, más que agradecido con mi jefe, estaba cabreado. Me dije que Blue Dragon me necesitaba mucho más a mí que yo a ellos, y que por eso no me habían despedido. Lo achaqué también a la irresponsabilidad y holgazanería de mis compañeros –cargué especialmente contra los británicos–, que me habían coronado como el rey tuerto de aquella ETT de ciegos.

Mi bici no estaba arreglada –las desgracias nunca vienen solas–, así que la primera tarde tuve que coger el autobús para ir al Copthorne. El hotel estaba situado en la última parada de la línea 5, en los confines mismos de la ciudad. Por fuera parecía bastante lujoso, con un estanque y un pequeño campo de golf. El enorme salón de la recepción, con sus sillas rococó, sus alfombras persas de imitación, su hilo musical de consulta de dentista y sus grandes ventanales con vistas al estanque causaban también una buena impresión. Pero, como ocurre en muchos hoteles, en la cocina sonaba un ritmo bien distinto: el del estrés, los insultos y los gritos.

Nadie se dignó a saludarme excepto una polaca de edad indefinida y porte masculino. Acababa de ver su foto –sonriente, con los pulgares en alto y una gorra del hotel en la cabeza– en la “pared de la fama” del pasillo. La empleada del año 2018 apenas hablaba una palabra de inglés. Antes de irse sacó todas las bolsas de basura y fregó la cocina concienzudamente. Mientras la observaba, pensé que, efectivamente, Kasia era la empleada perfecta. Trabajadora y sumisa, contaba con el plus del idioma, que le impedía quejarse de su situación. El manager y los cocineros –todos ellos unos capullos integrales– no tenían que hacer el esfuerzo de darle conversación. ¿Qué más podían pedir? Si estaban buscando a alguien como Kasia para fregar sus platos por las tardes, acababan de encontrarlo. “Quién sabe”, me dije con un profundo autodesprecio. “Quizás te nombren empleado del año 2019”.

La primera noche perdí el último autobús. Lo vi pasar por delante del hotel y corrí tras él agitando los brazos como un poseso, pero fue inútil. Mientras emprendía el viaje de vuelta a casa –una hora y media aproximadamente– pensé que algo así jamás ocurriría fuera de Europa. El conductor sabía que yo era un empleado de hotel de bajo rango –mi ropa no dejaba lugar a dudas–, y que un taxi me habría costado la mitad de mi jornal. Aun así, decidió que su trabajo se limitaba a parar solamente en unos puntos determinados, y que por nada del mundo debía hacer una excepción.

No es casualidad que muchos grandes escritores se hayan dedicado alguna vez a fregar platos. Sin duda es el trabajo ideal para hombres solitarios, fuertes de mente y con cierta vida interior. La falta de habilidad requerida, así como el desprestigio social que lleva aparejado, exigen de ti una cualidad muy deseable en un escritor: la ausencia total de ambición laboral. Además, fregar platos es perfectamente compatible con estar de resaca, o incluso borracho. Si no eres escrupuloso, los restos de comida y bebida están garantizados. El gran reto consiste en que tu jefe no interrumpa tus pensamientos con sus reproches, y para eso basta con amoldar tu ritmo a los picos y valles de trabajo. Resulta tan peligroso que se te acumule la faena como que te vean sin hacer nada, en cuyo caso te mandarán tareas absurdas como limpiar los azulejos o pulir los cubiertos.

Una estructura de barras de metal –donde los camareros dejaban los platos y las bandejas– me separaba de mis compañeros. Además de esto, procuraba mantener el friegaplatos en continuo movimiento, de forma que el ruido impidiera la comunicación. Cuando tenía que abandonar mi puesto para barrer, fregar o recoger la basura, lo hacía con la cabeza baja, evitando a toda costa el contacto visual. El único momento en que no podía escapar de los humanos era durante la merienda. El manager del hotel ofrecía a sus empleados los restos de comida de los clientes, generosamente acompañados de pan de molde, zumo de máquina y yogures a punto de caducar. Yo me sentaba solo en una esquina, y así habría permanecido de no haber sido por Benjamin, un camarero polaco que me cogió cariño por alguna extraña razón. De nada servía que yo cambiara mis horarios o acortara mis tiempos para no tener que aguantarle. En cuanto entraba en la staff room y me sentaba, Benjamin asomaba la cabeza por la puerta con su estúpida sonrisa, su reluciente calva y su ropa negra del Primark recién planchada.

Benjamin despotricaba sin piedad contra sus compatriotas. Arremetía especialmente contra Kasia, la empleada del año 2018. Según él, los polacos con una educación universitaria tienen más derecho a emigrar que el resto. Una de sus espinas clavadas era no haber podido votar en el referéndum, a favor del Brexit por supuesto. Si no compartía la visión de los Brexit Warriors era por una cuestión de formas. Ir pegando palizas a inmigrantes y mendigos le parecía una medida barriobajera, mucho menos eficiente que endurecer las leyes antiinmigración.

Hice todo lo posible por darle esquinazo. Me comportaba con él de forma grosera y maleducada. A veces fingía no entender lo que me decía, o incluso no respondía a sus preguntas. En vista de que mis métodos no daban resultado, me vi obligado a tomar medidas más agresivas. Una tarde, en cuanto lo vi entrar en la staff room, cogí mi bandeja y me levanté. Noté cómo me seguía con el rabillo del ojo. Debió de pensar que ya había terminado y que iba a volver al trabajo. En lugar de eso, me senté en la esquina opuesta y seguí comiendo. El truco fue cruel, pero efectivo. Benjamin no volvió a dirigirme la palabra, y mucho menos a sentarse a mi lado.

¿Y hacia dónde me conducía toda esa misantropía? Obviamente hacia ninguna parte. Los pocos escritos que conservo de esos dos meses no son más que proclamas contra el género humano. A veces me detenía en mitad de la calle y sentía ganas de gritarle a todo el mundo que eligiera cualquier otra dirección al azar. Veía la ciudad entera cubierta de raíles o cintas transportadoras (no sólo las carreteras y las aceras, sino también el interior de los edificios y de las casas). Bajo la apariencia de la libre-circulación-de-personas, yacía una dolorosa verdad: el movimiento de cada uno de nosotros estaba programado por un ente superior. Todos éramos parte de un siniestro engranaje, como los robots de Cortilandia. Nuestra misión en el mundo se limitaba a sonreír para que continuara la función.

Mi sensación de no-libertad-de-movimiento alcanzaba sus cuotas más altas en el trabajo. Los robots de Cortilandia funcionábamos a veces tan sincronizados que el espectáculo resultaba insoportablemente bello. Inmerso como estaba en una terrible crisis creativa, me propuse escribir algo grandioso y radicalmente diferente de lo que había hecho hasta la fecha: un guion para una serie de televisión. La historia transcurriría, claro está, en la cocina de un hotel. En la cabecera aparecería todo el proceso desde que un entrecot se empezaba a cocinar hasta que los restos llegaban al kitchen porter (quien, mirando a la cámara, daba un bocado a la carne mientras se deshacía de las verduras al vapor). Los ayudantes de cocina trabajando bajo la presión del cocinero jefe; los gritos de éste a los camareros para que vinieran a por el entrecot; la empleada del año 2018 barriendo la cocina con la gorra del hotel en la cabeza; el kitchen porter salivando al ver su pedazo de carne frío y medio mordido: todo estaría presente en esa cabecera. Los actores y actrices se moverían como robots de Cortilandia sobre unos raíles estratégicamente colocados y perfectamente visibles para el espectador. Sobra decir que mi guion no pasó de aquel plano secuencia mental.

El veinte de diciembre perdí –esta vez a propósito– mi autobús de vuelta a casa. Fue la única forma que encontré de abandonar aquel movimiento circular sobre raíles. Mientras atravesaba la ciudad de Leighton, hice un balance de mi último año, y descubrí algunas verdades que mi ritmo de trabajo –trepidante, incesante e irreflexivo– me había mantenido ocultas. Había conocido a personas interesantes con las que había congeniado, pero mi relación con ellas había durado menos que mis empleos de Blue Dragon. En cuanto a las relaciones entre inmigrantes en general, la indiferencia ganaba por goleada al compañerismo y la solidaridad: todo el mundo iba a lo suyo, empezando por mí. Los Brexit Warriors y su violencia ciega acabarían por desaparecer –de eso no tenía ninguna duda–, pero no la causa principal de su existencia: la creencia generalizada de que hay personas de primera y de segunda, la estúpida lucha del penúltimo contra el último. El Brexit –por más que lo suavizaran y lo demoraran– pronto sería una realidad, y las futuras generaciones de inmigrantes pagarían las consecuencias de aquel referéndum. Por lo que a mí respecta, aquella noche decidí dejar vacante mi plaza de extranjero en el Reino Unido.

A la mañana siguiente me encaminé hacia las oficinas de Blue Dragon con un nudo en el estómago. Tenía la absurda sensación de que iba a defraudar a mi jefe, o de que la ETT se hundiría sin mí y tendría que echar el cierre. “Te ingresaré todas las vacaciones que te debo”, fueron sus únicas palabras. Efectivamente, no me había cogido un solo día libre en todo el año. La despedida me resultó tan fría que me sentí ridículo e insignificante durante un buen rato. De vuelta en casa y mientras preparaba el macuto, encontré mi currículum tirado en el suelo. Una hoja prácticamente en blanco que me hizo preguntarme, como cuando llegué a Leighton: ¿Quién querría contratar a un chaval de diecinueve años sin ninguna experiencia? Movido por una necesidad repentina de actualizarlo, encendí el ordenador. Al terminar, no tuve muy claro que aquella mezcla heterogénea de trabajos temporales me fuera a abrir las puertas del mundo laboral. De lo que no había duda era de que mi currículum no estaba tan mal para un joven escritor de veinte años. Y lo más importante: aquel documento Word tenía un número infinito de páginas que podría seguir rellenando a lo largo de mi vida.