Hacía ya más de veinte años que el Sanyasi había sonreído a la estéril Tara cuando ésta se había acercado a orar en el templo de Shiva y aquella sonrisa fue un refrigerio para su alma sedienta y para su vientre yermo. Con la primavera comenzó a florecer y a henchirse. Meses después dio la bendición de un descendiente a su esposo Vinayaca. En memoria del hecho llamó al niño Sajashini, “la blanda y delicada sonrisa”. Y el nombre fue también profecía porque no han cesado sus gozos desde entonces, a pesar de la desdicha presente. Ese niño soy yo, un superviviente en una ciudad donde la muerte es la nodriza que nutre los primeros días de muchos.

Yo, Sajashini, he tomado la profesión de mi padre, titiritero. Así ha sido durante generaciones y así debería ser en el futuro, de padres a hijos, como una herencia dada por los dioses a la familia, distinguida y noble. Mía será la culpa si la cadena queda rota. Lo primero que recuerdo del mundo es una pantalla blanca poblada de sombras. Las gentes las contemplaban reverentes y alegres, vitoreando a los héroes, maldiciendo a los villanos y demonios, animando a los guerreros. Esta imagen de mi infancia ha condicionado mi posterior visión de la ciudad y de sus moradores. Los edificios y las calles son la blanca sábana trasparente sobre la que se deslizan las imágenes reflejadas de unos seres manejados por un diestro demiurgo. En el fondo no son más que opacidades que impiden la difusión uniforme de la luz divina y el movimiento, la ilusión de un juego de articulados muñecos que quebranta el reflejo increado pero deja inalterable la linterna incombustible. Perenne es la lumbre y fugaces las sombras.

Cuando me fue dado comprender la palabra, mi madre, Tara, la que había sido estéril durante lustros, se mostró prolífica en contarme historias. Con el ensalmo de su decir fluido y suave me transportaba al reino de los sueños cuando el demonio del insomnio sujetaba abiertas las heridas de los ojos con erinas de pestañas. El soplo de su voz levantaba la alfombra mágica de mi imaginación y me llevaba hasta la Ciudad de los Robots de Madera, gobernada por un rey Carpintero. Me acercaba a su trono entre los aguerridos soldados de su guardia uniformada, recios como el roble del que habían sido tallados. La reina era de higuera común, delicada y floja, sin la textura sagrada del pipal, pero el rey era feliz con ella porque notaba el cambio de las estaciones en el olor de sus besos. Fragancia de brevas sensuales en primavera y de sombra y humedad en los ardores del verano. Aroma de madurez e higos en el otoño y de esperanza en el invierno desnudo. Había princesas de magnolia, de azalea, de alheña y de camelia y príncipes de baobab, de castaño y de cedro. Ningún país creado podía tener tantos y tan bellos infantes y nobles, damas tan hermosas y discretas, guerreros tan firmes y robustos, servidores tan apuestos y fieles. Pero me sobrecogía verlos a todos desposeídos de conciencia y de palabra desde antes mismo de ser arrancados del tronco o del tocón donde dormían un sueño informe y vegetal. Hasta el heraldo era mudo y anunciaba los mensajes reales con banderas. Sólo vibraba en aquel reino la voz del monarca y el corazón de cada uno de sus súbditos, como la caja de resonancia de instrumentos musicales, repetía una sola nota de la tonada real. Por eso el monólogo del rey era siempre un concierto. Durante dos o tres años, cuando aún mis frases no eran más que un embrión indeciso, me sobrevenían pesadillas, mi lengua y mi garganta se resecaban como cortezas y me sentía trasformar en una marioneta más de la Ciudad del rey Carpintero. Despertar no bastaba para calmar mi ansiedad porque alrededor de mi jergón dormían colgados o en el suelo los títeres de mi padre y la vigilia parecía confirmar mis sueños. Permanecía entonces sin rebullir, incapaz de llamar a nadie, y con un ligero entrechocarse de mandíbulas que me sonaban leñosas y astilladas. Tan pronto como pude repetir los cuentos de mi madre, cesaron las pesadillas y tuve la certeza de que sería un maestro de la palabra épica.

De mi padre aprendí las sergas de los héroes del Ramayana, las gestas de los guerreros del Mahabharata. Era un hábil maestro del Chaya Nataka, del Teatro de las Sombras. Nada más ponerse el sol mi madre encendía unas varillas de incienso que ardían a lo largo de la noche. Era la atmósfera ritual imprescindible porque las criaturas de la oscuridad sobreviven respirando perfumes. Cuando la negrura cegaba nuestros ojos encendía la lámpara de petróleo y mi padre despertaba con mimo a las marionetas, desentumecía sus músculos, arrancaba sus sombras del sopor y con la magia de un conjuro les infundía su voz. Sobre las cortinas Rama y Sita revivían sus amores opacos, el Kaurava y el Pandawa se entregaban a duelos tenebrosos, Shurpanaka y Ravana tramaban negras conspiraciones y sombríos designios, Hanuman, en un prodigioso salto sobre el estrecho, alcanzaba con su ejército de monos la isla de Ceilán y Rama traspasaba con una docena de flechas al gigante Kumbhakarna. Al amanecer, la linterna se apagaba y los héroes y dioses volvían a dormir a mi lado.

Mi infancia terminó con la estación de las lluvias de los doce años. Mi padre me impidió seguir entregándome a los juegos con que mis amigos pasaban la mayor parte del día y me retuvo en casa. Los aguaceros del monzón impedían las públicas representaciones. Sólo espaciadamente y con fines purificativos hacían su aparición las sombras sobre la cortina blanca. Era el tiempo de ajustarlas, retocar sus descorches, agilizar sus articulaciones y construir nuevas marionetas. Toda la ternura que había visto siempre en mi padre se tornó severidad. Me pedía una atención inmisericorde al proceso de curtir las pieles, al arte de seleccionar las maderas para el armazón y del secado total que evitasen posteriores deformaciones. Aprendí que los dioses y ascetas brahmanes eran configurados con piel de antílope, los guerreros y campesinos con cordobán de cabra, los espíritus malignos con la oscura vaqueta del búfalo. Los dioses y los profetas debían ir siempre cubiertos por una túnica y calzados. Los demonios con cuerpos ictéricos, redondos ojos de cerdo, lengua reptil y colmillos afilados. Me iba revelando secretas artimañas para grabar el cuero, disponer los hilos y darles la adecuada longitud hasta la cruz. Pero era sobre todo el sentido profundo del trabajo lo que escapaba a cualquier observador accidental. “La creación de una marioneta es una obra de todos”, decía. “El hombre da el impulso inicial creativo al repujar la badana y la mujer acaba la creación coloreándola. La tierra y el bosque aportan sus pigmentos y todos los habitantes de la aldea insuflan e introducen, en una ceremonia festiva y ritual, el personaje al títere para que viva”.

Fueron años de ascético y prolongado estudio de los largos poemas épicos, de los ritos y ceremonias de nuestros antepasados. Aprendí, sobre los guiones de las grandes gestas, a improvisar diálogos y a reproducir sonidos, cantos de pájaros, chasquidos, las vibraciones armónicas de distintos instrumentos. Mi mano imprimía complejos movimientos a los héroes y a los reyes. Sentía los cantos del Ramayana y el Mahabharata en la punta de mi lengua y de mis dedos. Entonces brotó en lo más hondo de mi corazón un sentimiento de omnipotencia y tiranía sobre aquellos peleles de madera y cuero, sombras. Mi padre advirtió las secretas resistencias de los títeres a mi voluntad que daban un aire ridículo y vacío a las gestas de las grandes epopeyas que intentaba revivir y recrear. Una tarde, mientras tocábamos la sitar sentados a la sombra junto a la puerta de la casa, las disonancias fueron adquiriendo volumen hasta hacerse estridentes, a pesar de estar ambos instrumentos atonados y de ser yo ya un experto sitarista. Nos detuvimos a la par y el acorde de silencio resonó bello en mis oídos. “Tocas la sitar y manejas las marionetas de la misma forma”, me dijo al cabo de un momento, “oprimiéndolas y dominándolas, sin dejarles libertad. La música brota natural de la sitar, tú no debes ser más que el persuasor que la prenda de sus cuerdas para hacerla audible. El espíritu del personaje desciende a la marioneta cuando está bien acabada y el animador de títeres es únicamente el chamán que orienta ese descenso, el vehículo de su vivacidad. Mientras no lo hagas así, los dioses y los héroes no dejarán de ser ridículos porque no poseerán más que la grandeza limitada e inflada de tu engreído corazón”.

Cuanto más crecía mi anonadamiento, más pura sonaba la música, más grandiosos aparecían los reyes, más abominables los espíritus del mal. Durante un año mi padre insistió en la modulación de mi voz para que adquiriese el tono impersonal de los caracteres a los que debía servir de canal. Fuesen los crímenes más crueles, los combates más encarnizados, los amores más tiernos, nunca debían las inflexiones de mis palabras marcar la más mínima excitación, la emoción más pequeña. “Mira que prestar tu corazón a un personaje”, insistía mi padre, “le da muerte. Tus sentimientos pueden cegar los cordones de venas que bajan de tu mano a la marioneta y darle resonancias humanas a sus palabras”. Limpiaba antes de cada representación mis ojos con purificaciones minuciosas para que la luz divina llegase diáfana y las sombras se recortasen con nitidez, sosegaba mi corazón con asanas prolongados hasta que los lotos interiores se abrían por completo y me dejaba transir por la multitud en ebullición de personajes míticos. Un día mi padre creyó que mi iniciación había llegado a buen término y que era tiempo de proclamarme manipulador de sombras, demiurgo de títeres. Antes de que llegasen las lluvias peregrinamos hasta las orillas del río, purificamos nuestros cuerpos y me ungió con óleos aromáticos. De vuelta a casa en el silencio más completo nos sentamos en el centro de la habitación, rodeados de una corte de mudas marionetas, y, tomando una flor de un ramillete que mi madre había dispuesto, empapó en miel su tallo y escribió arcanas palabras sobre mis labios para que me fuese dado evocar los mitos y conjurar a los dioses, a los reyes, a los héroes e incluso a los espíritus del mal y proyectar sus sombras sobre la blanca cortina. Después dibujó signos del lenguaje sánscrito y letras cargadas de sentido desde antiguo sobre las palmas de mis manos y en las yemas de mis dedos para hacer a las imágenes oscuras obedientes a sus movimientos. Aquel año, acababa de cumplir veintidós, di la última representación antes de la estación de lluvias y la ciudad se alegró de tener un nuevo maestro de las sombras y de la palabra épica.

Durante el monzón llovió copiosamente. Sabía que las marionetas de mi padre eran también mías, pero quería disponer para la próxima estación de algunas nuevas, al menos las de uso más frecuente. Quería darles también, dentro de lo posible, un aire personal. Tracé con el máximo cuidado los rasgos de la princesa Sita sobre una piel de cervatilla y los recorté minuciosamente. Ojos arqueados, cuello de cisne, larga nariz recta, collares y ajorcas, rico vestido y redondos senos. El coloreado de princesas y diosas siempre es confiado a doncellas y mi madre hizo llamar a Malini para la tarea. Sus ojos se inclinaban sobre la figura de cuero, encendían en oro y fuego los ropajes y despertaban la belleza sobre el rostro de guadamecil. Los míos no se levantaban de sus cabellos y sus manos y mi corazón se inclinó a la fuerza de su hermosura. Cuando concluyó la pintura de su princesa y se fue, yo no pude disociar ambas imágenes. Por más que llamase Sita a la figura cada día, la memoria respondía con los trazos de Malini y la luna de su cara provocaba mareas intensas en las aguas profundas y tranquilas de mi pecho. Ejercité con ayunos y lavé con abundantes abluciones mi voluntad para volver a la quietud de la que había gozado y creí haberlo conseguido. Por eso, cuando se anunció mi primera representación del año, mi corazón era de nuevo valeroso y transparente.

Durante la tarde coloqué por orden de aparición todos los títeres. A la derecha, los dioses, héroes, princesas y reyes. A la izquierda, los demonios, monstruos, brujas y villanos. La epopeya tornó hacia la media noche por las bodas de Rama y Sita en el bosque espeso. Los árboles habían trenzado ya los tallos para formar la alcoba, las flores habían colgado las cortinas de sus pétalos. La diosa luna Chandra y el dios sol Surya dieron su bendición de luz a la pareja y se anunció una larga primavera de cuatro estaciones. En la noche susurró la voz de Sita, un requiebro apenas perceptible. Algún demonio engañó a mis sentidos y la hizo sonar en mi interior como salida de los labios de Malini. Mi corazón tembló, el tiempo de un parpadeo apenas, pero todo el armazón de la epopeya se vino abajo y todos los personajes enmudecieron.

Por un año debo expiar tamaña debilidad y vivo con la esperanza de volver a ser señor de las sombras danzantes y de los títeres articulados.

Cosme Vitale.