Yo soy muy complicado. Siento arena bajo mi piel. Busco siempre el desagradable olor de los viejos libros y el dulce aroma de los buenos pensamientos.

JOHN STEINBECK, Hacia el Este del Edén.

 

Mi amigo Dani desapareció hace tres años y hoy por fin he comprendido que está muerto, al igual que yo. Ha ocurrido esta mañana cuando he visto reflejado en el espejo mi rostro de arena seca. Él ya me lo había avisado, de una manera un tanto críptica, pero sin duda lo hizo.

Mi amigo Dani es alto, de ojos azules y penetrantes, se deja una barba abundante que recorta cada dos semanas, y su sonrisa es franca y agradable. A las chicas les resulta atractivo y él lo sabe y lo aprovecha si está de humor. Es un tipo reflexivo que mide bien sus palabras antes de soltarlas y escucha con atención si el tema le interesa, y le interesan muchos temas. Su voz es grave y potente y como no la usa por usar, su interlocutor siempre le toma al pie de la letra.

Por otro lado, lo más interesante de mi amigo Dani es que escribe bien y mucho, y que viaja mucho y bien. No sé decir a cuál de las dos actividades dedica más tiempo porque las practica a la vez y de manera obsesiva. Cuando no está escribiendo su última novela desde Vientián, te escribe una carta desde Kirguistán o un poema desde Portree. Es un romántico: le gusta la soledad, la naturaleza y el amor apasionado. Es lógico pensar que un hombre decimonónico como él despreciaría las tablets, los mails… y esa tecnología que desvirtúa la hermosa esencia de la escritura y la lectura. Pues, así es. Debe ser el ser humano que más carnets de bibliotecas tenga y de los pocos que siguen dando trabajo a los servicios postales. Me escribe multitud de cartas desde los países que visita, tengo ya un cajón lleno de ellas, no diré cientos y cientos, pero sí cienes y cienes.

Los escritores somos unos soñadores y solemos estirar la realidad hasta hacerla irreconocible, y mi amigo Dani no es una excepción, le gusta expresar con metáforas sus concienzudos razonamientos o convertir situaciones cotidianas en grandes epopeyas o transformar a vagabundos desquiciados en héroes literarios. Desde luego es muy entretenido leerle, pero no se le debe tomar al pie de la letra.

La última carta que me escribió fue hace tres años y, extrañamente, llegaba sin remite, ni sellos ni matasellos de ningún país. ¡Ya está en Madrid!, pensé con alegría. Pero no he vuelto a saber nada de él después de aquella carta, que así decía:

“Querido amigo, 

En mi último viaje he conocido a unos seres extraordinarios y me gustaría presentártelos. Además, escribir sobre ellos ayudará a hacerme una idea más concreta de lo que son. Ahora entenderás el porqué.

Los encontré en un oasis esquinado del desierto más grande que nadie haya imaginado nunca. Nunca. Si alguien, alguna vez, fuera capaz de tomar conciencia en toda plenitud de la magnitud real de ese espacio vacío, caería al suelo de rodillas desesperado y enloquecido, porque habría comprendido que no hay nada por lo que seguir viviendo. Sencillamente, se dejaría morir sin más. No se levantaría nunca del suelo. Nunca.

Afortunadamente, la capacidad intelectual de los seres que habitan este oasis, del que el agua mana a borbotones, no es suficiente como para captar la trágica situación en la que se encuentran. Su ignorancia les protege, es quizá una adaptación al medio, simple evolución.

Estos seres son de arena, de arena como el desierto que les rodea, y de agua, como el oasis en el que viven. Son de arena y agua, y nada más. Podría decir entonces que son de barro, pero eso no sería del todo cierto, ni del todo falso. ¿La suma de sus partes forma algo distinto? Pues sí y no, al mismo tiempo. He aquí una paradoja. Son de arena y agua, y aunque esta unión pueda formar algo llamado barro que tenga características propias distintas a las de la arena y a las del agua, siguen siendo seres compuestos de arena y agua. Es decir, no negaremos que la unión tiene consecuencias, pero no olvidaremos que los elementos de esa unión siguen ahí presentes y son los que conforman a esos seres. Sin arena y agua no hay seres de barro.

La apariencia de estos seres se asemeja a las figuras que algunos artistas levantan en las playas utilizando el agua del mar para humedecer la arena y darle forma. Estos seres usan la misma técnica para crearse los unos a los otros, aunque el resultado final es infinitamente más logrado. Son muy parecidos a los seres humanos. Has de acercarte hasta casi rozarles para darte cuenta de que están hechos de arena y no de carne como nosotros. Pero todas las similitudes entre unos y otros terminan ahí. Somos completamente distintos en lo demás. Ellos basan toda su existencia en crearse los unos a los otros en una cadena sin fin. Los adultos, por usar un término que pueda describir a los seres físicamente formados en su totalidad, van sacando agua del estanque del oasis y la vierten sobre la arena de la playa. Acto seguido dan forma a esa arena mojada, creando nuevos individuos. Esa es su única ocupación. No tienen tiempo para más porque su vida es muy efímera. Los implacables rayos del sol comienzan a evaporar el agua desde el mismo momento en el que mojan la arena. Conforme se afanan en crear y formar a los nuevos integrantes de su comunidad, el viento y el calor les van secando, resquebrajando la superficie de su cuerpo y calentando más y más en su interior. Casi con desesperación, tratan de que los nuevos seres sean perfectos y únicos, esmerándose en cada detalle de su creación. Sin embargo, los seres que están siendo creados también sufren del paso del viento y el sol. Su cuerpo empieza a perder agua desde el momento inicial de su existencia, mucho antes de estar completos. Pero en cuanto lo están, se lanzan como posesos a la creación de otros seres que garanticen su perpetuación como especie. Han de darse mucha prisa si quieren no extinguirse, el sol y el viento nunca se detienen. La duración media de cada uno de ellos es muy breve, no mayor de una hora.

Sentí angustia al contemplarles desde mi posición de ser humano occidental con una esperanza de vida de ochenta años.

Cuando están totalmente secos, se deshacen y la arena que los compuso se confunde con la arena de la playa. El agua evaporada de lo que antes fue su cuerpo se condensa en forma de nubes y tarde o temprano precipita, enriqueciendo de nuevo el oasis. Con esa misma arena ahí depositada es con la que se siguen levantando nuevos seres. La arena que dos horas antes formaba parte de un ser, ahora forma parte de otro, y dos horas o tres después formará parte del siguiente… Respecto al agua, aunque el recorrido sea otro y el tiempo que necesita para completarlo sea mayor, la situación es la misma. La misma agua que constituyó a un ser hace muchos años, constituye hoy a otro y constituirá a muchos más en el futuro.

Estos seres comparten la misma materia en momentos distintos, momentos puntuales en los que son seres únicos, perfectos o no, pero únicos, claramente diferenciados los unos de los otros, con características propias. Sin embargo, todos ellos surgen de la misma arena y el mismo agua, de la misma materia que compuso a sus antecesores y compondrá a sus sucesores.

Está situación me creó muchas dudas. Por ejemplo, ¿cómo pueden elementos inertes como el agua y la arena crear un ser… digamos vivo? Esto es una paradoja también. ¿Podrían estos seres plantearse hacer algo distinto a lo que hacen o está programado en su naturaleza? ¿Quién creó al primero de ellos? ¿Cuál es el objetivo de su existencia? ¿Evitar su extinción? ¿Qué cambiaría en el Universo si se extinguiesen? Estuve mucho tiempo pensando en ello, dándole vueltas y más vueltas bajo los rayos del sol. Cuando quise darme cuenta mis pies se habían deshecho sobre la arena y de mis brazos ya no quedaban más que dos muñones. No podía moverme pero podía seguir pensando. ¿Tenían concien…cia de sí mismos como los hu…manos la te…tenemos o eran más pa… re… ci… dos a los ani….”

La carta de mi amigo Dani terminaba ahí. Sin embargo, el sobre contenía un folio a parte firmado por otra persona. La letra de ambos escritos era muy parecida, así que fue fácil imaginarme a mi amigo afanado en cambiar su tipo de letra para gastarme una broma. Decía así:

“Me llamo  Adán y estoy hecho de arena y agua: la misma arena que antes formó a otros miles, la misma agua que apelmazó esa arena. No conozco los nombres de aquellos que me antecedieron, excepto el de uno, llamado Dani. Encontré esta carta en la playa que da al lago del oasis. No supe explicarme por qué me puse a escarbar ahí y no en otro sitio, ni siquiera sabía qué buscaba, fue un impulso sin más. Después de leer esta carta comprendí mucho sobre mí mismo y la naturaleza de mi especie. A Dani no le conocí como individuo, pues murió antes de que yo naciera, pero ahora sé, gracias a su carta, que fue la materia que le compuso a él y que ahora me compone a mí, la que me empujó a escarbar ahí y no en otro sitio. ¿Puede que la materia inerte tenga memoria y se relacione entre sí de alguna manera? No lo sé y aunque me gustaría saberlo, no pasaré lo que me queda de vida buscando una respuesta irrefutable que no existe, como hizo Dani. Eso también lo aprendí leyéndole.

Le envío a usted la carta puesto que su dirección está escrita en el sobre. Dani no lo pudo hacer, su tiempo se terminó antes, pero yo, que soy parte de lo que él fue, aún puedo. Me alegro de concluir lo que él empezó.

Atentamente, Adán.”

 

Eso era todo.

Me pareció un juego entretenido. La estructura se salía algo de lo normal y el mensaje, aunque no era novedoso, “Polvo somos y en polvo nos convertiremos”, daba pie a la reflexión y al debate. ¿Somos materia de muchos otros seres? ¿Quiere decir que alguna parte de la materia que compuso, por ejemplo, a Descartes como ser humano podría ahora estar en mi propio ser o sólo se refería a sus ideas? ¿Considera Dani que las ideas podrían ser materia en sí mismas que pasan de generación en generación? Me hubiera gustado comentarlo con mi amigo mientras catábamos algún licor exótico de esos que traía de sus viajes. Lastimosamente, los años pasaron sin volver a encontrarnos y olvidé por completo esta carta.

Pero esta mañana, he vuelto a recordar a Dani y su último mensaje. Todo ha comenzado al arrancarme por primera vez una cana de la barba, una de entre unas cuantas que me han salido hace poco. Ha sido duro darme cuenta de que envejezco, ya no crezco, ni maduro, simplemente envejezco. Al echar la cana al lavabo he escuchado el golpear de una chinita contra la superficie cerámica. Sorprendido, he buscado el pelo blanco caído sobre el lavabo blanco… no lo he hallado. Me he arrancado otra cana y la he observado con atención. Y mi corazón me ha pateado el pecho: en la raíz del pelo, en donde debería estar el pegote de grasa agarrado, había un grano de arena minúsculo. Lo he golpeado contra el lavabo y el sonido ha sido el mismo. A continuación, sin mucha reflexión, me he arrancado varias canas más y he ido comprobando una por una que ocurría lo mismo en todas. Me he quedado de piedra, quizá literalmente.

De repente, me he acordado de la carta de Dani sobre los seres de arena y agua y la he ido a buscar al cajón donde guardo toda su correspondencia, pero no estaba ahí. Necesitaba volver a leerla para rejuvenecer lo que me había contado. Me he tumbado bocarriba en la cama tratando de hacer memoria. Un impulso súbito me ha hecho saltar hacia el salón y mirar detrás del sofá. Y ahí estaba… No sé qué hacía ahí tirada, mi último recuerdo de ella la situaba en su cajón correspondiente. La he abierto y la he releído.

Al instante, como le ocurrió a él, multitud de preguntas me han asaltado una tras otra y, también como él hizo, me he puesto a escribir para ordenar mis ideas y tratar de responder algunas de las preguntas. No sé si lo estoy logrando, hay demasiadas preguntas y mi ignorancia es inmensa. Preguntas sin respuesta que sólo sirven para llevarte a otras preguntas sin respuestas. Es como vagar por el desierto, no encuentro nada cierto, pues cada una de las afirmaciones pueden refutarse con otras.

El tiempo pasa y me estoy secando. ¿Me estoy secando? No sé por qué he dicho esto. ¡No soy un ser de arena y agua! ¡Soy de carne y hueso! Un HUMANO. Pero sé que el viento pasa, es inevitable, reseca la piel, te aja, te cuartea como hace el calor del sol con los terrones del fondo seco de los lagos…

Estoy perdiendo la cabeza… ¡Me estoy secando! Mi rostro es de arena seca.

Ahora sé que todo está perdido, que no hay esperanza para ninguno, somos seres de arena y agua. Toca hacer balance y preguntarse el porqué de todo esto, de mi existencia de arena y carne, del dolor y la amargura mal llevados, del día a día, del año a año… pero me estoy secando y siento que ya es tarde para saber. ¿Alguna vez fue pronto para cuestionarnos o siempre ha sido tarde? ¿A dónde me han llevado las preguntas que no tienen respuesta sino a la angustia? ¡No necesito más preguntas como esas! Solo quiero descansar y hacerme arena sobre arena en este desierto ilimitado que apenas reconozco.

¡Por favor, tened piedad los que vendréis, dejad mi arena seca tranquila, en un lugar apartado, libre del absurdo comienzo!