Mientras cruzaba José Abascal, Pedro se preguntó por enésima vez por qué tenía que ser diferente del hombre del sombrero hongo; o de la señora que andaba a pasitos cortos; o del joven saltimbanqui que hacía malabares en medio del paso de cebra. Sumido en tan perturbadores pensamientos, se plantó frente al portal 69 y fijó su mirada en el cartel: Doctora Paz Guerra, Psicóloga. Primera Planta, 1º Izquierda.

Mientras reflexionaba sobre las extrañas casualidades de la vida y sus incoherencias, subió por las rechinantes escaleras de madera hasta llegar a la puerta. Le recibió una mujer que pasaba de los 30 y que debía ser la doctora. Alta y de estilizada figura, su vestimenta de trabajo era elegante y provocativa al mismo tiempo. Llevaba zapatos de tacón, una ajustada falda negra que le llegaba hasta la altura de las rodillas y una blusa blanca con el primer botón desabrochado. Su figura parecía cincelada a conciencia por un artista. A su escultural cuerpo, se unía una belleza reposada, con su pelo dorado recogido con un moño y las mejillas sonrosadas decorosamente coloradas. Sus sugerentes labios esbozaban una sonrisa profesionalmente cálida. Sus ojos, color azul de las marismas, eran espejos que transmitían la inteligencia calmada de quien se siente segura de sobrevivir al caos que de forma irremediable se avecina.

Pedro se presentó todavía turbado por esta primera impresión que le había hecho sentirse diminuto. La doctora le invitó a sentarse en el diván. La conversación, hábilmente dirigida por ella, giró inicialmente en torno a trivialidades varias, pero pronto pasaron a la razón de la visita, pues Pedro, aunque tímido, era de esas personas que no gustan de perder el tiempo (y menos si el dinero entraba en la ecuación). Se reclinó en su asiento y se dispuso a contar su historia. La doctora, con la mirada atenta, juntó sus manos y adoptó una actitud de concentración plena.

Verá usted, mi problema principal viene desde hace tiempo y, por lo que sé, no tiene solución. Había encontrado la manera de ser feliz pero, por desgracia para mí, la llama se apagó… Será mejor que empiece desde el principio.

Soy el único hijo de una familia de clase media madrileña. Mi padre es profesor de literatura en un instituto y mi madre trabaja en la oficina de patentes. Su matrimonio no tenía nada de extraño o excepcional, hasta que aparecí yo. Al nacer fui una bendición para la familia, pero todo se torció cuando me acercaba a la adolescencia. No nos dimos cuenta de golpe, ya que los síntomas iban apareciendo de forma paulatina. Al principio fueron cambios sutiles en la escritura y leves problemas de movimiento. Cada vez notaba más lentitud y a veces rigidez. Esto evolucionó hacia los temblores incontrolables y los tics musculares. Mis padres, alarmados, acudieron a todo tipo de especialistas y éstos concluyeron que padecía la enfermedad de Huntington, más conocida, tal y como averigüé después, como “El baile de San Vito”. Ésta debía su nombre a que, durante la Edad Media, las personas aquejadas de estos males peregrinaban a la capilla de San Vito, construida en la ciudad alemana de Ulm, esperando que el santo los curara.

La doctora, sin separar la mirada del muchacho, se acercó a un estante y cogió un voluminoso ejemplar sobre trastornos neurológicos. Examinó el índice y encontró lo que buscaba. Mientras el chico disertaba sobre las atrocidades cometidas sobre su colectivo en el medievo, ella ojeó con disimulo un breve resumen sobre la enfermedad.

La enfermedad de Huntington es un trastorno genético hereditario de carácter neuropsiquiátrico. Sus síntomas suelen aparecer hacia la mitad de la vida de la persona que lo padece (unos 30 o 50 años de media), aunque pueden manifestarse antes. Los pacientes muestran degeneración neuronal constante, progresiva e ininterrumpida hasta el final de la enfermedad, que suele coincidir con el final de su vida por demencia, muerte o suicidio. El rasgo externo más asociado a la enfermedad es el movimiento exagerado de las extremidades (movimientos coreicos) y la aparición de muecas repentinas. Además, se hace progresivamente difícil hablar y tragar. En las etapas finales de la enfermedad, la duración de los movimientos se alarga, manteniendo los miembros en posiciones complicadas y dolorosas durante un tiempo que puede prolongarse durante horas. Una particularidad de esta enfermedad es que el enfermo no siente ASCO, ni es capaz de identificar las expresiones de ASCO en los demás. Este síntoma es uno de los primeros en manifestarse”. 

El muchacho hizo una pausa tras proferir un nuevo insulto malsonante contra el sistema feudal. La doctora le instó a que siguiese hablando. Pedro, sintiendo que se estaba yendo por las ramas, decidió centrarse en su historia. Miró su reloj: quedaban 25 minutos.

Tras conocer la naturaleza del problema, mis padres, especialmente mi madre, entraron en una depresión. No fue éste mi caso. Aunque tenía todo tipo de dificultades, conocer mi destino me daba fuerzas para disfrutar del presente y continuar. Me sabía diferente y, por extraño que parezca, esto me fortalecía. De hecho, nunca hasta hace un par de días había sentido el deseo de SER NORMAL.

A los 18 años abandoné nuestra casa en Torrelodones para empezar una nueva vida como estudiante de Historia en la Universidad Complutense de Madrid. Becado por el Estado por mi discapacidad, me desplacé cargado de proyectos en la mente al colegio mayor San Juan Evangelista, más conocido como “el Johnny”. Entre mis primeros objetivos, estaba el de sacar a relucir los diferentes casos de personas con mi enfermedad que habían conseguido éxitos importantes o que habían resultado relevantes por alguna razón en el devenir de la Historia. Fueron buenos tiempos, tiempos intensos, tiempos salvajes en todos los sentidos. Me abandoné a un consumo desenfrenado en lo intelectual, en lo físico y en lo emocional. Hice buenas amistades, me emborraché, me drogué y follé mucho para licenciarme con honores en la universidad de la vida. En cuanto a la carrera, la di por imposible, al igual que mis proyectos de investigación. Había surgido en mí una nueva motivación: quería ser escritor.

La pausa teatral de Pedro no pareció afectar a la doctora, que le hizo un gesto para que continuase.

Si, para ser escritor había que leer mucho y eso hacía. Durante aquellos frenéticos días de vino y rosas, encontraba espacios, entre resaca y resaca, para devorar a los clásicos. Hemingway, Faulkner, Bukowski y Miller, todos ellos borrachos empedernidos, compartían conmigo sus pensamientos y me hacían participe de algo secreto y prohibido, lo cual me hacía sentir responsable para con ellos: no quería defraudarles. Sentía que sólo ellos me comprendían y mi prepotencia juvenil me conducía a pensar que sólo yo podía alcanzar a entenderles. Quería ser escritor y, para ello, tenía que seguir sus consejos, nutrirme de ellos y luego acumular experiencias y “cazar anécdotas” que rellenasen los huecos de mi falta de imaginación.

Pero perdone, no quiero irme por las ramas, pasaré directamente a relatarle el momento a partir del cual mi vida cambió por completo y cómo se desarrollaron los acontecimientos después. He traído un relato que escribí ayer por la noche y en el que está todo creo que bastante bien explicado. Si no le importa, me gustaría leérselo para no dejarme ningún detalle por el camino.

La doctora asintió y Pedro, tras sacar un par de hojas sucias y amarillentas del bolsillo de su chaqueta y proferir algunos carraspeos, inicio la lectura de su relato.

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SEXO EN LA MIERDA

Un fin de semana de Julio del año pasado, me fui con mi grupo de amigos de acampada a una zona de Ávila, en el valle del Tiétar. Era un lugar alejado del bullicio de la gran ciudad, altamente propicio para disfrutar de la naturaleza en estado puro.

Llegamos cuando la tarde languidecía. Teníamos el tiempo justo para montar las tiendas y preparar la fiesta a la que nos entregaríamos sin reparos. Prometía ser una de esas noches locas de Sexo, Drogas y Rock & Roll. Éramos un grupo amplio de amigos y amigas dispuestos a vivir al máximo la experiencia. Por aquel entonces, me había encaprichado de una chica del grupo, Laura, y tenía la esperanza de conquistarla en aquella excursión, aunque hasta el momento ella no había demostrado ningún interés hacia mi.

La fiesta empezó a lo grande. Lucas, el graciosillo del grupo, nos divertía con sus chistes machistas; David tocaba canciones reivindicativas con la guitarra y yo las bailaba con mi estilo propio (tan “valorado” por el sector femenino). Alrededor del crepitante fuego de la hoguera, todos bailábamos, reíamos, fumábamos, bebíamos, soñábamos, volábamos…

No podía dejar de mirar a Laura ¡Qué mujer! Morena y con un cuerpazo, estaba subida a una rama gruesa de un árbol y realizaba movimientos pélvicos mientras sostenía una botella de Jack Daniels de la que bebía sin control. No cesaba de danzar y el movimiento de sus rotundos y voluptuosos senos me tenía hipnotizado. La marihuana tiene el efecto en mí de concentrarme en exceso y olvidarme de todo lo demás, por lo que mi nivel de percepción se centraba únicamente en esas dos masas que chocaban una con la otra a un ritmo delicioso. Tan extasiado estaba que no la vi venir cuando se acercó a mí y me dijo:

-¿Qué haces, Pedro?

Abrí los ojos, descubriendo que había caído víctima de mis ensoñaciones, y traté de acostumbrarme a esos gigantes ojos color canela que me miraban con una mezcla de curiosidad y un punto de locura.

-Nah, pensando en mis cosas. Acerté a balbucear.

En ese momento, Laura, que llevaba un frisbee en la mano, me dijo señalándolo:

-¿Te vienes a jugar?

No era precisamente mi pasatiempo favorito, pero me pareció buena idea seguirle la corriente.

-¡Vale! -contesté.

Ella salió corriendo y yo la seguí en completo estado de celo. Todo ocurría en mi cabeza muy lentamente, lo cual agradecía, pues me permitía concentrarme por más tiempo en su sensual culo, que se movía al ritmo de una canción que sonaba en mi mente que ya no recuerdo. No he olvidado, sin embargo, sus ajustados pantalones azules de chándal, bajo los cuales se adivinaba la forma de su tanga.

Finalmente llegamos al lugar que ella había elegido para jugar, bastante lejos del resto del grupo. Empezamos a lanzarnos el frisbee. Ella parecía toda una experta y yo me contentaba con no hacer el ridículo. Estuvimos así un buen rato hasta que, en mi enésimo fallo, el artefacto se perdió entre la espesura. Laura fue tras el pero no aparecía. Me acerqué para ver qué ocurría y me la encontré plantada en medio de una zanja, cubierta hasta las rodillas de algo que parecía barro, y con una actitud poco amigable.

-¡Mira dónde me has hecho meterme! Ayúdame anda ¡Estoy de mierda hasta arriba!

Tras pedirle disculpas de forma entrecortada, le ofrecí mi mano para ayudarla a salir. Entonces ella, en un movimiento inesperado, tiró de mí, precipitándome a la zanja, a la que caí de cabeza irremisiblemente. Tras los primeros segundos de desconcierto, empezamos a reír sin control.

Entonces nos miramos y supe lo que tenía que hacer. La empuje con todas mis fuerzas y caí sobre ella en medio de aquel gigantesco charco de mierda de ganado. Cualquier otra chica habría querido salir de allí, pero Laura era especial y los dos lo sabíamos. No es que fuera inmune al hedor fétido, al tacto pringoso e incluso al sabor de esa escatológica mezcla marrón y derretida excrementos, pero parecía que, aunque le daban arcadas, el asunto le excitaba.

Yo, por mi parte, como ni me iba ni me venía, empecé a besarla por todo el cuerpo, a morderla y a arrancarle la ropa sin ningún miramiento.

Ella me miraba con una mezcla de miedo y placer que me estimulaba cada vez más. Le quité la camiseta y llené de excrementos sus voluptuosos pechos. Después comencé a mordisquearle los pezones mientras le iba bajando los pantalones…

Pedro detuvo su historia por un momento y se dirigió a la doctora.

Creo que en este punto es conveniente aclarar que, debido a mi enfermedad, no puedo sentir las mismas emociones o sensaciones que el resto de personas en situaciones similares.

La doctora, escandalizada, no sabía dónde mirar. Consultó su reloj. La situación prometía ir a más. Pedro siguió hablando.

Pronto noté que no respiraba bien así que me aparté a un lado. Unos segundos después, una vez hubo recuperado el aliento, pasó con fuerza al segundo asalto, abalanzándose sobre mí y, tras colocar mi nariz entre sus pechos, comenzó a vomitar caudalosamente.

Recuerdo que pensé: “no pierde el tiempo la cerda ésta” pues, mientras me restregaba las tetas en la cara y vomitaba, me bajaba como podía los pantalones y los calzones.

A continuación, con un movimiento de pantera (cubierta de mierda no parecía ya otra cosa), dio una vuelta sobre sí misma en un giro de ciento ochenta grados y se dispuso a comerme la polla colocando su coño en mi cara para que yo hiciese lo propio con sus partes bajas. De ese modo, empezamos a practicar un sesenta y nueve bajo el paraguas de una noche estrellada y la atenta vigilancia de una luna llena que nos observaba alucinada.

Nunca había combinado el arte del “cunnilingus” con la ingestión de excrementos y la experiencia, aunque dificultosa, no produjo en mí ningún efecto. Es cierto que a veces me tenía que quitar de la boca trozos de dudosa procedencia, seguramente mal digeridos por las bestias pero, por lo demás, me entregué a la labor sin ningún problema. Por su parte, ella me la comía con fruición. A veces se la metía de forma brusca y entera, otras la lamía. Yo no alcanzaba a adivinar si sus arcadas eran causadas por mi grueso y venoso falo o por la capa marrón chocolateada que lo recubría.

Tras este intercambio coral, Laura me retiró con un empujón. Entonces me indicó con un gesto que la pusiese “a veinte uñas”. Fuera de mí y con toda mi fuerza animal, me dirigí con la polla palpitante hacia ese culo en pompa que se movía retador ante mí. Retiré un poco de la masa de mierda que cubría el agujero de su coño y se la introduje sin miramientos. Empecé a clavársela duro una y otra vez, alternando los cachetes en el culo con el sumo placer de agarrar sus enormes tetazas. Mientras me entregaba al frenesí más puro que había conocido, se me ocurrió una idea. Ella gritaba, mugía, maullaba, ladraba y emitía toda clase de sonidos bestiales. Decidí callarla un poco para que viese quién mandaba. La cogí de la coleta y, manteniendo un “elegante” compás rítmico, cada tres penetraciones profundas introducía unos segundos su cabeza en el fondo de la zanja. Después de unas cuantas repeticiones, ella no lo pudo aguantar y se desmayó tras proferir algunos sonidos estertóreos.

Viendo que estábamos yendo quizás demasiado lejos, la solté, le di la vuelta y me corrí en su boca, quedando una extraña mezcla de semen y mierda corriendo por sus labios. A continuación, la saqué de allí y, tras comprobar que respiraba, la tumbé en mi regazo a esperar que se repusiese.

FIN

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Pedro, agitado tras una lectura que le había hecho rememorar un capítulo muy intenso de su vida, guardó las hojas de nuevo en el bolsillo de su chaleco, se recostó hacia atrás en su asiento y se dispuso a recuperar un poco el aliento antes de proseguir. 

Tras unos segundos de reposo, se interesó por la opinión de la doctora, a lo que ella contestó que todavía no le había explicado el porqué de su visita. Asintiendo con la cabeza, Pedro se dispuso a continuar.

Pues verá, cuando ella despertó, me sonrió y no dijo nada. Cerca había un río en el que nos lavamos a conciencia. Nos pusimos la ropa y acordamos decirle al resto del grupo que nos habíamos caído al río. Probablemente pensaron que había sucedido algo más, pero sin duda no imaginaron la historia real. Sería nuestro secreto.

A partir de entonces, Laura y yo nos hicimos amantes, unos amantes algo peculiares. Todos nuestros encuentros sexuales se producían en lugares que a ella le parecían provocadores. Follamos en parques, en medio de estanques, en baños de restaurantes; lo hicimos en guarderías, instituciones penitenciarias, iglesias y en cualquier sitio que nos sugiriera la idea de transgresión, miedo, peligro y riesgo. Por supuesto, seguimos experimentando con la coprofagia, lluvias doradas, invitábamos animales a nuestras fiestas… y no sigo para no aburrirla.

Yo era doblemente feliz, pues disfrutaba de aquellos encuentros y, al mismo tiempo, había encontrado la manera de ganarme la vida escribiendo para una revista dirigida a gente con nuestros mismos gustos sexuales. Mis crónicas como habrá podido comprobar estaban escritas con todo lujo de detalles…

Finalmente, nos mudamos a un pequeño ático de alquiler en la calle Bailén. Todo parecía ir de maravilla hasta que, hace un par de días al despertarme, me encontré una nota suya en la que decía de forma escueta y textualmente: “si no lo sentimos igual ya no tiene gracia”.

La doctora miró su reloj y carraspeó. Pedro suspiró y se dispuso a terminar su historia.

Al ver la nota me quedé paralizado. De golpe y porrazo, había perdido a mi chica y mi trabajo, al no tener ya historias que contar. He tratado de ponerme en contacto con ella por todos los medios pero ha sido imposible. ¿Qué puedo hacer ahora, doctora?

La doctora miró al muchacho fijamente y se dirigió a él en un tono profesional.

-Mire joven, entiendo su problemática, pero tendremos que seguir en la siguiente sesión.

Acto seguido cogió el teléfono, marcó el número de su secretario y le comunicó que no recibiría más visitas esa tarde. Luego miró fijamente a Pedro y éste pudo percibir como todo cambiaba. La doctora le estaba devorando con ojos golosos. Sus labios carnosos y sugerentes empezaron a pedirle cosas, la lengua jugueteaba nerviosa por salir a recorrer lugares insospechados. Se soltó el pelo y un botón de la blusa, luego otro…

ROMANOV, EL GUARRO.

конец