Si voy sumando por periodos, de los últimos cinco años, he estado viviendo aquí cuatro de ellos, en Bengbis, al sur de Camerún, en la selva del Congo. Y desde el primer día en que llegué, la palabra sorcellerie (brujería) ha estado en todas partes rondando, en cualquier  conversación, en la boca y mente de cada una de las personas con las que me he topado. Los españoles por curiosidad, los cameruneses por cultura.

Lo primero que me explicó un hombre local sobre ella fue que a aquellos que no creen no les afecta.

– Pues no creas tú en ella- decía yo.

Después me explicaron que no es del todo así:

– Si algún pariente tuyo la práctica, ya es suficiente para que a ti te afecte.

– ¿Pero pariente de qué tipo, cercano o lejano, y si es por parte de tu familia política?

Ante esta actitud mía dejaron de contarme cosas.

Hablé con Mamá Lilliane, enfermera y matrona francesa con treinta y dos años de vida en Bengbis sobre sus hombros. Necesitaba respuestas, ¡soy occidental, maldita sea!

– He constatado que los europeos que llevan más de quince años viviendo aquí, por supuesto todos ellos misioneros, no pueden negar la brujería, creen en ella. Pero lógicamente tampoco pueden decirlo abiertamente a los pequeños europeos que vienen, si no, saldrían corriendo.- Sonríe abiertamente- En todos mis años aquí he visto cosas que no se pueden explicar. He visto partos en los que el niño iba a morir por tener dos vueltas de cordón alrededor del cuello, yo no podía hacer nada y se lo dije a la familia, ésta llamó a un curandero y, delante de mí, le puso las manos a la madre sobre el vientre y dijo algunas palabras en bulu… El niño salió vivo, sin problema.- Arrugó el rostro y se encogió de hombros- Así es, Miguel.

No pongo en duda nada, incluso me resisto a buscarle una explicación racional, pero mi cerebro actúa sin mi consentimiento, no logro controlarlo, y le da vueltas y más vueltas. Entiendo muy poco de medicina así que me canso a los pocos días y me centro en otras cuestiones. Por ejemplo, tenemos un niño considerado brujo en el internado, hijo de uno de nuestros trabajadores. Parfait se llama la criatura. Lo expulsaron de su colegio porque los demaś niños le tenían miedo, y ha ido a parar a nuestro cole en busca de otra oportunidad. ¿Pero qué oportunidad puede tener? Aquí todos se conocen, las familias se componen por más de 500 miembros. No hay nada que hacer. Será un brujo allá donde vaya.

¿Por qué es un brujo?

– Porque sueña y grita por las noches.

Mi padre debe se ser un gran brujo entonces, no conozco a nadie que grite más que él cuando sueña. Y yo sin saberlo. Pues parecía una buena persona mi padre, tendré que mirarle de otra manera a partir de ahora, o pedirle cosas mágicas o…

– Bueno, ¿Qué hacemos con el niño?

– Hay que echarle de nuestro cole, los profesores no quieren darle clase, le tienen miedo.

Voy a clase para ver al niño cómo se comporta. El profesor escribe en la pizarra de espaldas a los alumnos, los cuales están copiando lo que él escribe. Menos el niño brujo que está de pie incordiando con un lápiz a un compañero, dándole golpes con él en la cabeza. La víctima no protesta, sólo trata de separarle empujándole con el brazo. El profesor se gira, ve la escena y la ignora. ¡No dice nada, el figura! Parfait hace lo que le da la gana de un lado a otro de la clase, mientras los demás están en silencio copiando. Y el profesor sin inmutarse. Ese mismo profesor que le dio un golpetazo a uno de los alumnos por llegar tarde, dejándolo inconsciente.

– Es que soy nuevo y no controlo todavía la fuerza.

Así se excusó el tipo, con dos cojones. Y ahora ni muh, calladito, calladito. Con más miedo que vergüenza, que diría mi santo padre, perdón, mi brujo padre. Y el niño… ay con el niño.

¿Por qué te comportas así?- se encoge de hombros.

Yo sí lo sé. Porque es un niño que ha comprendido que nadie se atreve a llamarle la atención, porque es un brujo. Sí. Es un niño que como todos los niños trata de comprender el mundo buscando los límites, hasta dónde puede llegar. Y si los adultos dicen que él es un brujo, será porque lo es, ¿si no, por qué iban a decirlo los adultos? Él es sólo un niño, no sabe nada de la vida, si los adultos dicen que él es la reencarnación de muchos brujos… será así.

El panorama es desalentador. Todos piensan que es un brujo, incluido él mismo. Yo le explico que tener sueños malos es normal, se llaman pesadillas, algunas personas tienen el sueño más movido que otras.

– ¿Y por qué?

Porque cada persona es distinta a las demás.

Lo entiende, claro que lo entiende. Pero en cuanto salga de mi despacho será un brujo de nuevo. Su padre me dice que él también lo entiende, quiere ayudarle pero que no sabe cómo.

– He ido a ver a todos los curanderos y brujos para que le curen. – Dice el progenitor.

No es ese el camino que yo tenía pensado pero puede que no haya otro. O sí. Sacarlo a la ciudad, a una casa de acogida; que estudie allí, fuera de este entorno tan hostil para él. Y ahí va. Con todo lo poquito que tiene y con dinero que le entrego a su padre, junto a una dirección de una familia amiga. Necesita mucha suerte.

Por aquí sólo han tardado dos días en llamar al cura para que libere de malos espíritus el colegio, el internado, los cuartos de baño, el campo de fútbol… No he querido preguntar cuánto le hemos pagado por ello. No quiero enfadarme mucho. Hago como el profesor, ignoro lo que no puedo controlar o comprender, aunque lo tenga delante. ¡Al cuerno el raciocinio! Eso es para los que no viven aquí.

Parece ser que la exorcización del cura no termina ahí: los techos de calamina de los módulos de las habitaciones del internado son pistas de aterrizaje para brujos. Aterrizan ahí por la noche. Lo bueno que tiene este lugar es que es muy entretenido, cada día una historia nueva, no te puedes aburrir. Ah, y el clima, que también es muy bueno. La cosa es que el cura llega vestido con un hábito blanco y muchos seguidores, todo muy solemne. Yo me retiro un poco tratando de que no me salpique con agua bendita. Dice algunas palabras que no entiendo, reza un Padre Nuestro y un Ave María, y al siguiente módulo. No me molesto en preguntar cuánto ha costado esta nueva limpieza de lo impuro. Luego comprendí que esto es bastante habitual.

El propio suprefecto, la autoridad máxima de la región, hizo llamar al cura para bendecir su casa tras un extraño suceso. El buen hombre, le daremos la oportunidad de serlo antes de que demuestre lo contrario, escuchó en la puerta de su casa un búho que no dejaba de cantar, y salió a la oscuridad de la noche, estas historias siempre ocurren de noche, que normalmente son oscuras. Se encontró con una viejecita que parecía desorientada, y así fue, la señora declaró haberse caído de un avión, místico se entiende, que hacía el trayecto Yaunde-Ebolowa. El señor, algo inquieto, decide pagarle un pasaje más económico en transporte terrestre. La señora lo rechaza y a él no le queda más remedio que ir a casa del comandante de brigada para resolver el entuerto. El señor comandante, a este no le pondré el adjetivo buen porque le conozco, se niega a ir.

– ¡Esa señora es una bruja!- exclama- Tenemos que avisar al cura y hacerle venir.

Al cura le cuesta un poco salir de su habitación porque ya es muy tarde, y tiene que vestirse y sacar por la puerta de atrás a su amante, que también ha tenido que vestirse. Eso lleva un tiempo. El cura es un hombre tranquilo y joven, y sobre todo tiene a Dios de su parte. Se dirige pues sin ningún temor a casa del suprefecto para hablar con la anciana. Pero ya no está, se esfumó. Así que ahora todos a dormir que mañana será otro día. Efectivamente, al día siguiente el cura regresa a casa del suprefecto y limpia de malos espíritus el lugar. – ¿Cuánto ha pagado el suprefecto?- pregunto como distraído.

– Nada, son amigos.

Vaya, creo que vamos a tener que hacernos amigos del cura, con la cantidad de veces que usamos sus servicios…

Así es todo esto, o parece ser. Porque puede que Mama Lilliane tenga razón en eso de que todos los europeos con más de quince años de estancia en Camerún crean, y quizá practiquen, la sorcellerie, pero se le olvida añadir que ningún europeo que lleve menos de ese tiempo puede entender qué es. Quiero decir, comprender lo que significa realmente, meterse en la cabeza, en la vida de millones de personas que ven el mundo y sus relaciones desde esa perspectiva de fuerzas ocultas que nos agraden. Es una locura para un occidental del siglo XXI, para un tipo como yo, que escasamente lleva cuatro años aquí, tratar de comprenderlo. Lo máximo a lo que he llegado por el momento es a admitir que está ahí esa forma de pensar, tolerarla.

Al principio me puse el noble objetivo de combatirla y hacerles ver a mis congéneres el error en el que estaban. Pero me duró poco la tontería. Quizá los que estamos equivocados somos nosotros, no totalmente, pero sí cuando excluimos la posibilidad de que existan otras formas válidas de entender la realidad.

Mi actitud actual es la de hablar con la gente y solucionar el problema desde su propio punto de vista. Esto me acarrea problemas por el otro lado, con los europeos que me piden cuentas de los proyectos que realiza la ONG. Por ejemplo, el otro día viene el señor Kabambe, técnico agrícola marca ACME, contratado por la organización para los proyectos de desarrollo socio-económico, a contarme que la hectárea de plátanos del campo demostrativo ha sido arrasada por los elefantes. Enseguida viene a mi mente la preocupación de si he contemplado esa situación como hipótesis entre los factores de riesgo que impiden alcanzar el objetivo marcado en el proyecto… Es decir, si cuando escribí el proyecto dejé claro que si llegaban unos elefantes, se zampaban el platanal y el proyecto se iba a la mierda, no sería mi culpa, básicamente.

– ¿Y han dejado algo?

Algo.

¿Cuánto?

El problema es otro…

¡Ahora sí que estoy jodido! pienso. Respiro profundamente y me recuesto en la butaca esperando a la noticia entretenida del día:

– Los elefantes son místicos.

Esa es buena, ¿eh? No os la esperabais. Pues yo tampoco había pensado en ello cuando escribí el proyecto: Implementaremos una nueva técnica de cultivo de plátano en la selva de Camerún, aumentando los rendimientos por hectárea un 50%, al menos que aparezcan elefantes místicos y se los coman. Cojonudo, me digo.

– ¿Y ahora qué?

Bueno, no hay que asustarse, el señor Kabambe parece tenerlo todo controlado, no obstante es un técnico agrícola de primera y lleva toda la vida trabajando como tal.

– Ya está solucionado, yo soy secretario de la parroquia de ese pueblo y ya he hablado con el cura. Ayer hicimos venir a todos los vecinos del pueblo a la iglesia, incluido niños pequeños, y tuvieron que jurar ante Jesucristo, nuestro señor, que ninguno de ellos se transformaría en elefante nuevamente y se comería los campos de plátano.

Bien, yo ya estoy curado de espanto y no se me nota cuando por dentro me parto de la risa. Muy serio, voy a lo práctico.

– ¿Cuánto le has pagado al cura por ello?

30.000 francos, también ha ido al campo a bendecirlo y quitarle los malos espíritus.

– Es mucho dinero, ¿no es tu amigo?

– Sí que lo es, pero no me cobra a mí, sino a ti.

Ahora está la peliaguda situación de cómo justificar ese gasto del proyecto, sin tener que inventarme la factura se entiende. Cómo explicar a la sede de Madrid este gasto imprevisto. ¿Entenderán los administrativos de la ONG que hemos tenido que pagar a un cura para que hiciese jurar a todas las personas de un pueblo, incluido niños pequeños, por no dejar flecos colgando, que no se convertirán en elefantes místicos y se comerán el campo de plátanos de nuestro proyecto? Me pongo en la situación de esos burócratas… y constato que su situación laboral es horriblemente aburrida. Me invento una factura y arreando.

– Buen trabajo, Kabambe, hermano. Hasta la semana que viene.

Todo muy serio y muy formal, como si no fuera un maldito disparate.

Al vivir aquí te conviertes en un cínico, en el buen sentido de la palabra por supuesto, ese con el que se cataloga a grandes sabios de la filosofía griega; no me refiero a esa otra acepción que describe aquellos a los que el mundo les parece una gran mentira, pero que no les importa mientras tengan algo sabroso que comer… a esa no.

Quizá os preguntéis, y acabo con esto, si yo he presenciado alguna situación en la que la brujería haya intervenido. Pues sí, y no. Un occidental dirá sin complejos que lo que me ocurrió es puro azar, casualidad sin más. Sin embargo, un bantú no dudará en exclamar: Ça, cet la sorcellerie!

El hecho en sí es que había un abuelo que se dedicaba a perseguirme tratando de que yo le diera un préstamo, bueno, no yo, sino la ONG a través de su responsable. La verdad es que las posibilidades que le daba al anciano de poder montar un negocio que fuera rentable eran muy escasas, me parecía que un crédito sólo podría traerle más problemas. Le daba largas por no ser descortés con un señor mayor que era jefe de un pueblo y con fama de gran brujo. Les pasé el marrón al grupo de voluntarios que se encargaban de los microcréditos que venían de España. Todos ellos eran muy majos, pero resulta que como buenos occidentales tenían su cronograma de trabajo a full y no les quedaba un hueco libre para sentarse a hablar con el viejito. Una pena para él, y una lata para mí, pues a buen seguro que el señor me seguiría persiguiendo el resto del año tratando de lograr su objetivo. Entretanto, mi tarea durante ese breve periodo fue de hacer de chófer y guía de los diferentes grupos de voluntarios. En una semana tuve que hacer tres viajes al mismo pueblo pigmeo con tres grupos de trabajo distintos: campaña de salud, arreglo de fuentes y evaluación del estado de devolución de micropréstamos. En mitad de ese trayecto, justo en el kilómetro 9,8 desde la salida de la sede de la ONG, estaba la casa del abuelito, personaje principal de esta historia. En esa semana debía pasar conduciendo una Niva por la puerta de ese señor seis veces. Las cuatro primeras pasé con voluntarios médicos e ingenieros, que hicieron su labor sin contratiempos. El coche fue perfecto, sin ningún percance ni seña de que lo pudiera tener. Pero, y ahí está la cosa, pasando por quinta vez en una semana por la puerta del abuelo con el coche, llevando esta vez al grupo de microcréditos, sin motivo aparente, el sistema eléctrico de la Niva se desconectó de pronto y el vehículo se paró. Justamente ahí, en su puerta. Así de sencillo. El abuelo tardó diez segundos en salir de su casa y abordarnos. Saludó gustosamente a todos los españoles y les invitó a pasar a su morada y comer un poco. Yo me tuve que ir de vuelta a la sede en busca de un coche con el que arrastrar a la Niva estropeada. Cuando regresé a la casa del anciano, éste ya había convencido a todos de que era necesario darle un crédito para… ¿acaso importa?

– Ya has conseguido tu crédito. Esto que le has hecho al coche es brujería, abuelo.

Se reía.

– Lo dudas todavía.

– Ya te pasaré la factura.

El viejo reía a gusto. 

– Ven, hijo mío, ven, entra a mi casa y come un poco.

Brujería o simple casualidad, ¿qué  importaba?, disfruté de una sabrosa comida.