Hoy ha sido un día que los expertos en física cuántica y filosofía, o cualquier simple mortal de inteligencia media, podría haber calificado, sin lugar a dudas, como un día fuera de lo común.

Me he levantado como siempre, absorto en mis primeros pensamientos vacilantes de la jornada, y enseguida me he dado cuenta de que algo verdaderamente extraordinario estaba ocurriendo. No había ruido. No se escuchaba ningún molesto vecino realizar sus quehaceres diarios de una existencia habitual y uniforme.

No se percibía ningún dinosaurio taconear desde el techo de arriba.

Sólo paz, sin guerra.

He abierto la puerta de entrada a mi casa para sentir mejor la bulla del gentío alborotador, tan quieto que me he puesto un poco histérico al escuchar sólo mis propios latidos. Incluso he aguantado la respiración cuatro misisipis porque era un poco chocante no escuchar los sonidos de la calle. Pero, nada, ningún susurro.

Aun así, no le he dado importancia y he seguido con mis automatismos matutinos de lavarme la cara, vestirme, desayunar, acicalarme y coger las llaves del coche para ir al trabajo. Antes de salir se me ha ocurrido mirar por la ventana como quien no quiere la cosa, por eso que la gente se empeña en llamar una corazonada.

Entonces, lo he visto. Todos congelados. O parados y sin conciencia. La calle presentaba un montón de individuos en posición vertical en la mayoría de los casos y con signos obvios de congelamiento indeterminado e idiopático. Sin embargo, pensé que lo mejor sería echar un vistazo de cerca, pues tal vez se tratase de un síndrome psicológico para mí desconocido o una incidencia extraña de carácter local.

Nada más salir del portal me he topado con el cartero que venía cada mañana a repartir las cartas a mi barrio. Lo toco. Totalmente rígido. No respira. Le miro la cara. Al cabrón la muerte no le ha borrado su irritante sonrisilla de ¡¡buenos días!! No entiendo cómo un cartero puede ser feliz con su trabajo de mierda. Aprovecho para ver las cartas que me han mandado, facturas. Y más facturas.

Menos mal que no me han congelado el sueldo.

Jiji.

Sigo andando y me encuentro a un montón de personas totalmente petrificadas, hechas unos zorros. Coches en la carretera parados, bicis en estático equilibrio.

Parece mentira, pero cuando oí hablar del fin del mundo en las películas y a amigos versados en el tema, siempre imaginé que todo serían incendios, gritos, horror, caos y putrefacción. Esto es más bien un mundo post-apocalíptico de residencia de ancianos, sin gritos ni sufrimiento, que a mí me ha pillado durmiendo a pierna suelta. No tengo ni idea de por qué me he librado.

Entro en el bar que hace esquina con la calle Cánovas. El bar Manolo es un antro de la antigua escuela, con billar, olor rancio, ausencia de ceniceros y una decoración que ya en los ochenta se tornaba “pasada de moda” y de “carcas”. Sus habituales parroquianos de por la mañana son cuerpos solidificados sentados en la mesa o prolongaciones de taburetes cerca de la barra. Figuras a punto de tomarse el café, el carajillo y la habitual charla intrascendente de la mañana.

Salto encima de la barra y me pongo un gin-tonic.

Tengo curiosidad por saber si puedo mover las extremidades de estos desdichados, así que acerco los taburetes de dos tipos. Me sorprendo al descubrir que son bastante flexibles. Después de probar varias posturas, poso la mano de uno en el trasero del otro.

Los dejo así.

Tarareo “Amores de barras” antes de apurar el cubata.

Voy hasta la Plaza Mayor, me lleva veinte minutos llegar hasta allí. Por la calle la misma comedia de antes, calles atestadas de gente disecada, al menos aparentemente. Imagino que todo el país estará igual. Puede que todo el mundo.

En la plaza, mariachis madrugadores esperando sacarse su sustento a base de folclore entumecido, en medio de un corro de estatuas de cera con caras flemáticas de frío. Los miro distraído esperando que de sus instrumentos salgan sonidos, mas en la calle sólo se escucha el silbar invisible del viento que acaricia sus caras.

Madrid es ausencia de sonido. Es eco de mi voz.

Son pensamientos de mi cabeza más poéticos que de costumbre.

Decido volver a casa, ya que, dadas las circunstancias, imagino que hoy no habrá que ir a trabajar. Con toda probabilidad mi jefe estará muerto. Alguna ventaja tiene que tener esto del fin del mundo…

Estoy totalmente en estado de shock. Camino por las calles sin saber qué hacer.

Todo está azul y marrón, mezclado con el silencio que me extenúa hasta vomitar.

Tengo que concentrarme en alguna cosa para no desfallecer. Recuerdo uno de mis planes para hoy: tengo que comprar una batidora. Me concentro tanto en ello que se convierte en una obsesión. Comprar batidora.

La única meta de este momento, antes de llegar a casa, es entrar en una tienda de electrodomésticos para comprarme una batidora, hoy quiero hacer crema de calabacín. Cruzo la calle. Esquivo varios coches. Entro en un almacén cualquiera y busco la sección de batidoras. Todos los aparatos están apagados. ¡Joder! No hay electricidad. ¿Existirán batidoras a pilas? No existe encargado para preguntarlo, así que la busco yo mismo. Encuentro un modelo que sí va a pilas. He tardado tres cuartos de hora.

Entonces, de repente, me entra el pánico; no hay fútbol, toda la gente a la que conozco son figuras de vísceras y hueso, carne de museo.

Soy el último ser vivo del planeta.

¿Quién habrá hecho esto? Puede que sea cosa de extraterrestres o tal vez de dios.

Me empiezo a acojonar: si esto es obra de alguien o algo tengo que esconderme en algún sitio para que no me vean; puede que me estén buscando. Salgo cauteloso a la calle. Miro hacia todas partes. ¿Y si hay alguien más siguiéndome? ¿Y si todo esto es una broma muy pesada? Corro con la batidora en la mano, tengo demasiado miedo para caminar.

Llego a mi portal, rodeo al cartero, abro la puerta y subo las escaleras. Cuando entro en casa, cierro la puerta tras de mí y echo los dos cerrojos que tengo. Estoy asustado.

No sé qué hacer, el frigorífico está apagado pero todavía puedo coger cerveza más o menos fría. Del tiempo. También el hombre del tiempo estará congelado, con lo bien que me caía…

Me pongo a pensar, lo mejor será permanecer encerrado en casa unos días, por si a aquello que ha generado todo esto se le ocurre volver. Creo que voy a meterme unas cuantas pastillas de esas para dormir, para que crean que también yo estoy congelado. Hombre, imagino que si es dios el que está detrás de esto, no será fácil engañarle. Sin embargo, no se me ocurre otra solución. Del segundo cajón de mi mesilla de noche cojo unas cuantas pastillas. Me como dos o tres del tirón y me echo en la cama. Me está entrando sueño.

Me despierto en medio de la noche, miro mi reloj, son las cinco de la mañana. Voy a la cocina a por un poco de agua. Abro las ventanas del salón. Luna llena y Madrid completamente oscuro. Por fin se ven las estrellas en Madrid, no ese cielo rosa. Me siento encima de mi sillón de pensar. Dormir me ha aliviado las penas y pienso con más claridad.

Ser el único superviviente del planeta es una responsabilidad muy grande. Ante estas situaciones lo mejor sería delegar ante las autoridades competentes. Sin embargo, no hay una potestad por encima de mí, así que tendré que sacarme yo mismo las castañas del fuego. Lo primero será inventarme un cargo compatible con mis nuevas circunstancias. “Presidente del mundo”, no, mejor “el rey de la tierra”. El rey de la tierra. Eso suena bien. Pero un rey no puede vivir en un cuchitril como éste, bien apañado, pero en el fondo, un cuchitril. Un rey debe vivir en un palacio. Eso es. Tengo que irme a la zarzuela. Ya basta de estar aquí escondido.

Estoy tan entusiasmado con mi recién adquirido cargo que, con las prisas, salgo en bata a la calle. Da igual, a nadie le va a importar. Cojo el coche aparcado y me dirijo a la zarzuela. Al principio me preocupo por intentar no atropellar a nadie, pero a los pocos minutos comienzo a ser más descuidado y después de atropellar sin querer a una pobre viejecita, pienso que al fin y al cabo son estatuas humanoides sin vida. Cientos de personas saltan a mi capó, sin quejarse. Cabezas, manos, piernas por los aires. Como un juego de la play. Pongo los parabrisas para limpiar la sangre de la luna.

Cuanto más me acerco a la salida hacia la autopista, más difícil es esquivar coches, y en un cierto momento, veo que es imposible seguir por el embotellamiento, así que paro el coche y cojo la moto de un ejecutivo con cara de estreñido que está esperando a que el semáforo se ponga verde. Demasiado tiempo esperando.

Por fin, justo antes del amanecer, llego a la zarzuela. No me cuesta nada entrar, parece que aquel mismo día, los reyes tenían una recepción.

Coches con banderitas y fotógrafos oficiales en la puerta.

Entro al hall principal y empiezo a investigar las salas. Hombres trajeados, algunos con gafas y auriculares, de uniforme, gordos, flacos, militares y de repente el rey, con su semblante serio, a punto de dar la mano a otro desconocido trajeado. Sé que no puede verme, pero me he puesto un poquitín nervioso. Le cojo la pistola a un guardia y apunto directamente a la cabeza. Aseguro sin vacilación: “El rey ha muerto, larga vida al rey”.

Antes de disparar, me entra la risa tonta y empiezo a bailar, y a reírme con fuerza. Empiezo a gritar patéticamente, “soy el rey del mundo, el rey del mundo”. Acaricio el gatillo y…

Pi-pi-Pi-pi. Suena la alarma de mi reloj.

Y entonces, como vino, se fue. El rey enfrente de mí y yo con estos pelos. En pijama y en bata. No me da tiempo para nada, todo empieza a moverse a mi alrededor. Un montón de hombres con traje negro que se abalanzan encima de mí. Me quitan la pistola que no ha disparado y me introducen otra en la boca que sí puede hacerlo en cualquier momento. La cara en el suelo y las manos en la espalda, retorciéndomelas. Grito de dolor. Al rey lo veo por el rabillo del ojo, con cara de preocupado, seguido de un montón de hombres de negro que lo llevan a un sitio seguro. Después, empiezo a gritar, y alguien me da una patada en la cabeza. “Soy el rey del mundo”, grito, “soy el rey del mundo”. Mi cerebro está en reset. Los hombres de negro me toman por un loco. Otra ostia en la cabeza y me sumo en un estado semi-inconsciente bastante lúcido y cabal. Antes de desmayarme del todo, una última alegoría se cuela en el raciocinio de mi pensamiento, dura sólo un segundo, pero ya sabéis como se dilata el tiempo en el mundo onírico de la psique : “No sé qué será peor, explicar a las autoridades cómo y por qué un tipo con bata y zapatillas de estar en casa se ha saltado todos los controles de seguridad y ha aparecido, de repente, bailando y con un arma en medio de una recepción en palacio; el poso de mala conciencia de haber matado a cientos de personas en un nuevo récord Guinness de asesinatos en serie, o haber desaprovechado la mayor oportunidad que un hombre ha tenido jamás para hacerse rico y haber hecho lo que le hubiese dado la gana”.

Al menos, tengo una batidora a pilas en mi casa.

Menos da una piedra, decía mi abuela.

Menos una abuela mi piedra decía da.