Un pájaro negro se estrelló contra su ventana esa misma mañana. Fue un augurio de lo que sucedería unas horas más tarde, un aviso oscuro que no supo interpretar, en parte infravalorado por la premura que invadía su ánimo. Quería llegar a tiempo al evento que tendría lugar en la plaza central, sabía que si se retrasaba el gentío le robaría pedazos de las ansiadas vistas. Un aleteo del color del carbón agitó sus pensamientos. “Vivian”. Sólo recordar su nombre le hacía temblar. Atajó aquellos sentimientos indeseados y los hundió profundo en su reseco corazón. “Vivian no existe”- se dijo. “Se fue y sólo me queda su recuerdo”. Dio una última pasada con las duras púas por sus cabellos de nieve. Abotonó el abrigo grisperla, su favorito, y se enfundó sus guantes de cuero. Hizo una última comprobación al tacto y las llaves tintinearon en su bolsillo izquierdo como respuesta. Y cerró la puerta tras de sí con brío.

No le dio tiempo a girarse. Una mano helada de textura suave y familiar le acarició la nuca un instante, como un suspiro. No pudo moverse entonces, petrificado ante la impresión. El olor. Ese olor dulce a almizcle e intenso jazmín. La había reconocido, sin embargo, no podía ser cierto. La mano volvió a aterrizar en su nuca y recorrió su hombro y su brazo deslizándose hasta su mano, donde encontró un resquicio entre la manga y el guante y se coló bajo la tela, danzando juguetona acariciando su piel erizada. “Aun te quiero”- susurró el fantasma. En aquel momento si reaccionó, dio media vuelta y la desafió mirándola fijamente a sus ojos púrpura. “Yo no”. Y el silencio se instaló entre sus cuerpos. De súbito, plantó un beso jugoso, apasionado y fugaz sobre sus labios, que no supieron o no quisieron rechazarla. Se rindió provisionalmente al hechizo. No fue capaz de negar la correspondencia avivada y despierta al amor. Sólo le quedaba una opción: huir. De ella, del tiempo, de aquel beso de ensueño. Se apartó bruscamente y se lanzó a las escaleras. Un peldaño tras otro, sus pulsaciones aumentaban y su ritmo cardiaco se disparaba sin control, rozando su límite. Pero él sólo sabía correr. Jadeaba y un dolor acuciante le sobrevino, justo al atravesar la puerta 139. Se llevó una mano al pecho sin aliento. Y cayó desplomado sobre el asfalto. Alguien se inclinó ante su rostro. Una mujer gritó en la lejanía: “¡Policía, socorro!”. Y él, entre sollozos y antes de perder la consciencia, paladeó una última vez aquel beso y repitió su nombre: “Vivian”.