Me gusta la indefensa gente que da la cara

Y le ofrece al contiguo su mueca más sincera

Octavio Paz

 

Decís que nos quitemos las máscaras, que digamos quiénes somos en realidad, ¿acaso no sabéis por qué las llevamos puestas? ¿Qué derecho tenéis a pedírnoslo?

Os recuerdo que somos seres de arena y agua condenados a repetirnos en un ciclo sin fin de grueso barro y fino polvo; que nos enfrentamos al diablo cuando la vida nos empuja hasta el borde del abismo tenebroso, aquel que nos obliga a enfrentarnos a nuestra nadidad; y somos los mismos que remamos contra la corriente del tiempo en busca de peces para subsistir un día más, y lo hacemos cantando, y lo hacemos enseñando a quienes nos siguen cómo se hace; somos los que se aproximan a la intimidad, al calor, del otro para sentir que también nosotros somos, existimos; necesitando de los demás, paradójicamente, que nos devuelvan nuestro reflejo vital.

Yo, a veces, firmo mis escritos como Miguel Martí, un nombre como cualquier otro, pero si lo deseáis también podéis llamarme Lucas Caspi o Martín Artigas o Cipriano Martos, pues a todos estos nombres respondo, aunque, como sucede con el primero, ninguno de ellos llegue a completarme. Yo soy la suma de todos; suma que, juntando lo que es propio de cada cual, sus características más destacables, queda anulada, es igual a cero: un ser vacío. Por eso, hace años me vi obligado a dividirme en muchos; para ser, al menos en cada momento, uno. Y cuando soy ese UNO, existo; y al ser, pertenezco a este mundo, que quiere decir que participo de él.

Quienes quieren terminar con Las Barbas de Platón siguen sin entender que el final no es más que una forma de comenzar de nuevo; y que no se puede destruir una idea sin antes haber acabado con cada individuo que la haya contemplado, porque ésta pervive en ellos, protegida en su interior hasta que vuelva a germinar…

Las Barbas de Platón pertenece a todo aquel que de ella participó, no va a desaparecer porque alguno juegue a ser dios; simplemente esto ya no es posible que suceda. Desprecio a los autoritarios tanto como a los pusilánimes, pero no más que aquellos que juegan a vivir dando saltos entre realidades etéreas como si estuvieran liberados de los compromisos adquiridos al ser, al existir, y, por lo tanto, participar de este mundo…

Escuchad, enajenados, tengo algo que deciros: ¡No me toquéis las barbas, que me conozco!